domingo, 30 de agosto de 2009

No todas las vidas son parecidas


MODESTA
Modesta se asomó a la ventana. Oteó la ciudad, o lo que podía verse de ella, con insólita curiosidad. Como todas las tardes , en los terrados, esposas, madres, y algunas abuelas, tendían la ropa o la recogían. Sin volver la vista atrás recordó los ejemplares apilados sobre su mesa camilla, desordenados y llenos de sus anotaciones a pie de página con su impecable letra inglesa. Pensó en sus apellidos tan distintos. Moreras y O’Donell. Repasó en un abrir y cerrar de ojos su vida solitaria, su soltería inmutable, sus buenos tiempos en la africana plaza militar destino de su padre. Luego regresó al Madrid oscuro y hermético donde vivía con sus canas y sus textos de filosofía, desde donde ahora hacía balance de una historia intrascendente plagada de horas muertas y atardeceres de luz escasa. La suerte, o mejor el azar, la había dejado alojada en un recodo del gran río de la vida, como una hoja navegante a salvo de las furias de la corriente. Y casi era eso lo único que podía explicar. Mientras tanto, el trasiego de sábanas secas y esterilizadas por el poniente sol de otoño seguía sin cesar por los terrados. Se quedó como absorta en la contemplación de aquel hormiguero femenino, ritual y monótono, puntual todos los días de la vida. Dirigió la mirada a la calle que estaba semidesierta y bastante sucia. ¡Qué asco!. Era miércoles, noviembre de 1959, y como cada miércoles su consabido amante llegaría al terminar la jornada laboral. Como siempre, con el tufillo a Metro y a grasa de tornero, con las manos recién lavadas pero manchadas de negro. Sus aspiraciones en otros tiempos fueron bien distintas, sin embargo, -como repetía su abuelo en los veranos infantiles que pasaba en El Tiemblo-... “el hombre propone y Dios dispone”. Ni siquiera sentía lástima por todo ello, porque en aquella tarde que caía todo estaba definitivamente aclarado. No era preciso esperar a Manolo, con sus prisas sus miedos y sus jaculatorias groseras, ni poner el puchero a hervir, ni sintonizar Radio Nacional. La botella de Fundador estaba peor que vacía, se había roto como por encanto. Cerró por última vez la ventana y se miró al espejo. Estaba trágicamente bella. Una chispa de luz se reflejaba en sus pupilas, los labios secos se habían hinchado, sus cabellos grises resplandecían con fuerza. Alcanzó de su tocador la barra de labios que nunca usaba en días laborables. Se pintó con picardía infantil. Aunque algo gordoncha, todavía estaba de buen ver a sus 50 años. E inmediatamente se puso a escribir una carta.

“A quien la encuentre:
Después de muchos años de lecturas solitarias, minuciosas, y reflexivas, he llegado a la verdad existencial. Ha sido fruto de una situación privilegiada, no puedo negarlo, pero no por ello menos relevante. La soledad...es un gigantesco laboratorio del alma, y mi vida ha transcurrido en su interior. De los gozos y promesas de mi infancia y adolescencia, he llegado a esta especie de retiro peculiar que me ha otorgado una serenidad eficaz para dedicarme a vivir sin molestar y sin sentirme agobiada. La paz interior es como un surtidor de jardín, oscilante e irregular, que fluye contra la gravedad de la existencia bajo la sola condición de que una mano no cierre el grifo. Yo he intuido muy bien que esta forma de vida será en el futuro la más común, pero faltan aún muchos años porque estamos en tiempos de hormigueros o panales. No me arrepiento de los “pecados” que cometo con Manolo, son tan necesarios como el pan que compro a peso todos los días, y mis cábalas vitales, refugiadas en el estudio de la filosofía son absolutamente compatibles con los amores carnales que en teoría tendría vetados por mi soltería y mi alcurnia cristiana. Así que he vivido, lejos de lo habitual, sin marido sin hijos, sin coladas que tender, y sin una falsa esperanza de prosperidad. Mi prosperidad ya ha sido alcanzada. ¿Cómo?. Agotando los misterios de la vida y de su comprensión. Fijése –quien lo lea-, que el amor está en cada acción bien intencionada, que la decencia es un patrimonio exacto de nuestro caminar y no una suscripción de ideario, que las promesas humanas se tuercen por los intereses nuevos y se rompen sin más explicaciones (de lo contrario la Humanidad entera sería santa), que lo sensual es muy conveniente para alcanzar, eso sí... efímeramente, una conexión con lo divino, y que el trabajo es la mejor medicina para las gentes, no tan solo porque genera el sustento sino porque impide la delincuencia continua de millones de ociosos. En el orden de mis estudios y lecturas queda claro y demostrado, lo verán en mis anotaciones sobre los textos leídos, que el historicismo de Marx es un error profundo puesto que no concibió que existía el progreso rentable a gran escala. Que Platón era el padre de todos los fascistas. Sartre es un drogadicto que escribe mamarrachadas. Emmanuel Kant, era coherente pero demasiado obvio. Heggel era un mentiroso compulsivo. Y de santa Teresa...¿qué les puedo decir?...sino que era un ser muy parecido a mi y a muchos millones de mujeres, deseosa de gozar y de sacrificarse hasta el final pero no en coladas ni pucheros. Lo demás lo encontraran bien escrito en las páginas de los textos que llenan mi modesta biblioteca. Modesta, como yo. Y eso es todo. Me despido.”
Se volvió a la ventana y la abrió de nuevo. La calle, más oscura todavía, parecía más sucia que antes. Ya no quedaban mujeres en los terrados. Desistió. Se dirigió al patio de luces que daba desde la cocina. Recogió sus grises cabellos con una horquilla y miró al vacío que finalmente estaba poblado de frondosas hortensias. Sonrió y se lanzó sin gritar. Las hortensias siempre le habían entusiasmado, aunque nunca consiguió que le floreciera ninguna.

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