domingo, 21 de abril de 2013

Terrorismo





           El monstruo del terrorismo se alimenta de los millones de pensamientos irresponsables que destilan los malvados de espíritu, entre los que pueden encontrarse un vecino un amigo o el conductor que nos precede en la autopista. Cualquiera puede ser uno de ellos, y esos odios se transforman en bocados nutritivos para las más perversas causas.

            Aún escuchamos, de cerca, frases brutales contra personas, instituciones, colectivos, o idearios. Así no se puede vencer la barbarie. Reparemos en el efecto multiplicador que posee esa abyección, ya que para mí no hay más explicación que el cortejo, íntimo y subliminal, de tanta violencia individual hecha palabra, pensamiento, o simple vocablo airado transformados por una misteriosa dimensión que descansa en un extraño  subconsciente colectivo. No es un hecho aislado, un  vulgar cruce de cables, el atentado al Maratón de Boston, ni la matanza de la escuela, ni el asesinato en masa en la isla noruega. Todas esas atípicas y horribles acciones son por efecto de una maldad interior creciente en un mundo sobredimensionado y abiertamente desigual. Desigual, menos que lo fue en otros tiempos, pero profundamente desigual, sin rumbo para equilibrar la errática trayectoria del devenir. Demasiado odio, demasiada insatisfacción por el fracaso individual en medio de un mundo que evoluciona sin contención material. Y lo peor es que difícilmente puede ser de otra manera. Rezuman calamidad muchas mentes excluidas de la vorágine del dinero, de las oportunidades vitales, y en cambio conectadas a una tecnosfera informativa que no hace más que  atizar el fuego de su evidente desigualdad y marginación, Ya nada garantiza la paz social, ni la educación, ni la cultura, ni el estado del bienestar (al menos  bienestar relativo si echamos la vista atrás unas pocas décadas), ni los proyectos solidarios, ni la mismísima Democracia, ni el aumento de expectativa de vida, todos valores excelentes en lo inmediato. Pues ni aún con todo ello cesa la violencia, crece y conmociona (por ahora) hasta que nos hagamos resistentes a las tragedias ajenas. Debe existir una causa maligna que se está colando misteriosamente en muchas mentes, y de continuar este proceso compulsivo de desear el mal del prójimo se acabará colando en la dotación genética de muchos. Y en poco tiempo en la de todos.

             Mi más sentido recuerdo a todas las víctimas de cualquier forma de terrorismo

miércoles, 10 de abril de 2013

Dinero


 
 
 
            Los antineoliberales, como el recientemente fallecido José Luis Sampedro (e.p.d.), invocan un sucedáneo de moralidad necesaria en el mundo del dinero, virtud o bondad, para atemperar sus efectos alienantes en la sociedad. Son confesiones a medias, son fragmentos de buenas intenciones, tan reduccionistas como simplones. No hay más tratamiento contra la codicia que la honestidad general asumida como pauta de conducta ejemplar. Y sobran opiniones, diatribas y componendas. Uno puede remitirse a los textos sagrados de las grandes religiones para encontrar con más exactitud y mejor explicación como debe conducirse el ser humano ante las lacras provocadas por el vil metal. Allí queda mucho más claro que solo la intachable conducta de cada persona garantiza la armonía de la justicia distributiva en la convivencia social. Y es que los grandes tratados éticos ya han sido escritos y no admiten dudas, como sucede con  la ley de la gravedad en Física. De ahí que esas soflamas de indignación me causen cierta hilaridad al estar declamadas con las bocas pequeñas de grupos ideológicos que transigen normas básicas en múltiples facetas de su vida ciudadana y personal. Simplemente por ello pierden cualquier credibilidad y  se convierten en meras amenazas sin horizonte de conciliación alguno. Tanganas de  marrulleros en el campo del deporte ilegal. Mueven resortes sensibleros  de forma artera, progresan merced a la descomposición del corrupto sistema político, y jalean un status de acción que persigue satisfacer sus propias envidias, tan solo eso, ególatras incluidos.

            Los modelos económicos de las sociedades cambian, se adaptan, fracasan y sufren reordenaciones, es cierto. También es cierto que la pervivencia y la prosperidad de cualquier pueblo se fundamentan en la calidad humana de sus ciudadanos, en su conjunto. Cuando se adquieren demasiadas necesidades, se cierne la esclavitud de forma inherente. Cuando no se diversifica la acción se entra en regresión. Así, desde la noche de los tiempos. Si alguien quiere ser realmente libre debe liberarse a sí mismo, y  librarse del afán compulsivo de poseer. De lo contrario… bancarrota para los ricos… y desahucio para los pobres.