miércoles, 10 de abril de 2013

Dinero


 
 
 
            Los antineoliberales, como el recientemente fallecido José Luis Sampedro (e.p.d.), invocan un sucedáneo de moralidad necesaria en el mundo del dinero, virtud o bondad, para atemperar sus efectos alienantes en la sociedad. Son confesiones a medias, son fragmentos de buenas intenciones, tan reduccionistas como simplones. No hay más tratamiento contra la codicia que la honestidad general asumida como pauta de conducta ejemplar. Y sobran opiniones, diatribas y componendas. Uno puede remitirse a los textos sagrados de las grandes religiones para encontrar con más exactitud y mejor explicación como debe conducirse el ser humano ante las lacras provocadas por el vil metal. Allí queda mucho más claro que solo la intachable conducta de cada persona garantiza la armonía de la justicia distributiva en la convivencia social. Y es que los grandes tratados éticos ya han sido escritos y no admiten dudas, como sucede con  la ley de la gravedad en Física. De ahí que esas soflamas de indignación me causen cierta hilaridad al estar declamadas con las bocas pequeñas de grupos ideológicos que transigen normas básicas en múltiples facetas de su vida ciudadana y personal. Simplemente por ello pierden cualquier credibilidad y  se convierten en meras amenazas sin horizonte de conciliación alguno. Tanganas de  marrulleros en el campo del deporte ilegal. Mueven resortes sensibleros  de forma artera, progresan merced a la descomposición del corrupto sistema político, y jalean un status de acción que persigue satisfacer sus propias envidias, tan solo eso, ególatras incluidos.

            Los modelos económicos de las sociedades cambian, se adaptan, fracasan y sufren reordenaciones, es cierto. También es cierto que la pervivencia y la prosperidad de cualquier pueblo se fundamentan en la calidad humana de sus ciudadanos, en su conjunto. Cuando se adquieren demasiadas necesidades, se cierne la esclavitud de forma inherente. Cuando no se diversifica la acción se entra en regresión. Así, desde la noche de los tiempos. Si alguien quiere ser realmente libre debe liberarse a sí mismo, y  librarse del afán compulsivo de poseer. De lo contrario… bancarrota para los ricos… y desahucio para los pobres.