sábado, 25 de agosto de 2012

jueves, 23 de agosto de 2012

Bravo por Cecilia Giménez



No sufra Cecilia, usted no ha hecho  más que arte, no puede avergonzarse de su restauración, ha pintado con dignidad y libertad. Si los canones dicen una u otra cosa que más da, en sus trazos está lo mejor de usted. Yo así lo reconozco, como una vibración benigna que me sugiere ese rasgo  de otra naturaleza bien distinta  a la de aquel “Grito” de Edvard Munch,   éste mucho más triste.

Celia, le admiro por esas horas de dedicación, y le admiro aún mas porque ha dejado claro que son muchos los legados culturales que necesitan atención. El aspecto del ecce homo antes de restaurarlo es el de un alma que se va, que se desintegra en el tiempo, que nos sobrecoge en la soledad del pasado lejano. Sin embargo hoy ha renacido y circula de uno a otro confín. Veo algo misterioso en el nuevo aspecto del rostro atormentado de Cristo, lo ha redondeado y lo ha desprovisto de esa crueldad clásica que imprimían los pintores de antaño. Es posible que el nuevo rostro sea más acorde al presente y al futuro, es un retrato menos hiriente y menos herido, tal vez más caricaturesco para un mundo que no puede asirse a los convencionalismos clásicos del sufrimiento desbocado del martirio y se vaya transformando en una  simplicidad, o mejor en una sencillez existencial,  que resuma la pretendida voluntad de Cristo, ser un hombre más.

Como mejor ha sabido usted  ha insuflado vida a la obra, gracias por haberlo hecho. Recuerde que ya otros lo han dicho y que yo  lo suscribo: El espíritu con el que se hacen las cosas es lo que me interesa” (Robert Filliou. Artista destacado del Fluxus Art).
Animos Cecilia, que por algo usted ya es parte de la historia de la Pintura. 

miércoles, 22 de agosto de 2012

Noción de Superhombre




Cuando Nietzsche escribía acerca del Superhombre lo hacía de forma intuitiva pero en referencia al entorno, predominantemente clásico  todavía,  del Siglo XIX y venía a decir que un nuevo y trascendente paso evolutivo se daría en el futuro de nuestra especie. Reconocía , ya entonces, que el estado psiscosocial del individuo se había quedado obsoleto, que no se podía avanzar con un planteamiento reduccionista del destino humano. Eso surgía en aquellos años de revolución científica, industrial e ideológica, en aquellas décadas tan desafiantes contra el mundo precedente.  Por el contrario, el socialismo marxista y el cristianismo inmovilista, cada cual por caminos bien distintos, situaban al ser humano en una perspectiva colectiva desprovista de toda relevancia personal,  sin voz ni voto para su enaltecimiento personal, a excepción de aquellos personajes convertidos por esas facciones en iconos, líderes o santos.  Sin duda actuaron como potentes antídotos del “envenenamiento del Romanticismo”, y aunque no consiguieron detener la concepción de un nuevo mundo basado, poco a poco, en la evidencia científica,  sus doctrinas sectarias abrieron una radical confrontación que aún persiste. Sucedió en aquel siglo de las luces.


Pero la advertencia del  filósofo no terminaba en sus soflamas megalómanas, sino que aventuraba una exigencia adaptativa del individuo. El Superhombre quedaba definido como un ser virtuoso a todos los niveles. Aglomeraría inteligencia sentimiento y capacidad. Así lo esbozaba. Los derroteros  que ha tomado  el  ulterior devenir histórico le están dando, lentamente, la razón. Nuestra actualidad exhibe un perfil de necesidades que aboga por la competencia y la eficiencia de las personas, versus el amargo destino, más bien fatalista, de las ideologías restrictivas del socialismo y el cristianismo.  Vivimos un tránsito irremisible hacia la cualidad personal, hacia un modelo de sociedad que contempla la implicación activa de sus miembros como fundamento de progreso y como herramienta de sosteniblidad global. No se van a aceptar más náufragos en el futuro que aquellos diezmados por su avatar vital, en el mejor de los casos. El futuro colectivo será construido de forma activa por cada uno de los miembros vivos de la sociedad. Siempre quedará el sentimiento solidario, la caridad, el sentido  ético, de cada uno para ejercer la ayuda y la colaboración a titulo individual, como una de las máximas expresiones de la libertad, pero el modelo global no admitirá  la renuncia a  procurar por uno mismo ni la delegación institucional   de la existencia como forma de absentismo de los deberes y obligaciones personales.


A fin de cuentas somos seres vivos y estas premisas ya las demostró el insigne Darwin a nivel biológico evolutivo, precedido por el francés Lamarck. Estamos inmersos en el mismo proceso que una bacteria prehistórica, exactamente el mismo. De haber fracasado dicha bacteria en su adaptación y en su lucha constante por la supervivencia  nosotros no estaríamos aquí.