martes, 4 de junio de 2019

La invasión del ocio




Cada vez me apetece menos viajar porque hay demasiados que lo hacen y atiborran sitios lugares y ciudades hasta límites con la obscenidad. Tampoco, y no por falta de fuerzas y estado físico, hace años que dejé de esquiar al darme cuenta que la beatitud de los montes nevados había perdido su virginidad ante las hordas metropolitanas que se disparaban los viernes de invierno por la tarde o en torno a la sagrada Navidad. También dejé de ir al fútbol cuando la deleitación emocionante de ver jugar (y  ganar?) a mi equipo se había convertido en una seña identitaria mucho más allá de lo deportivo. Poco a poco fui renunciando a degustar las excelencias gastronómicas de los restaurantes distinguidos al advertir que tanta martingala al final no es más que un sacacuartos o un cutre aquelarre donde te venden crecepelos infalibles o elixires mágicos, eso sí... siempre los locales a rebosar. 

Lo más `probable, por mi edad, es que haya iniciado un imparable proceso de atrofia neuronal totalmente natural, pero bienvenida sea. No me gustan las muchedumbres ni las tendencias, precisamente lo que ahora se está imponiendo en el orbe del, mal llamado, estado del bienestar. Precisamente no sufro de agorafobia. Cuando hacía el Camino de Santiago, llegando la una o las dos de la tarde en las etapas, era cuando experimentaba vitalmente sus inequívocas señales sobrenaturales, es decir cuando la jauría de guiris y sucedáneos se habían parado a comer según su luterana tradición, y Castilla, ancha como es, quedaba totalmente despejada. Recuerdo un singular pasaje tras remontar a la meseta después de Castrojeriz en el que se divisiva un horizonte infinito vacío de todo elemento vivo, Campos en barbecho, un cielo bíblico, silencio absoluto que ni siquiera mis pasos conseguían romper. Entonces me pellizqué, físicamente, para comprobar que no estaba muerto, que no había sufrido un infarto y que mi cuerpo  yacía en la tierra del Camino rodeado de  caras coloradas de  yanquis y teutones a la espera del 112. Al menos me  quedé con el dato, no comprobado, de que en el otro mundo podía ser la cosa así de parecida, y aunque no era un estado de absoluta felicidad al menos reinaba la soledad y caminabas hacia la eternidad sin encontrarte con turistas por todas partes.

Tengo dudas acerca del diagnóstico exacto del síndrome que padezco, pero una cosa si es cierta: estoy hasta los huevos de turistas y de ser turista.