miércoles, 18 de diciembre de 2019

FELIZ NAVIDAD
















En Barcelona, hace pocos días, rescaté un estampa entrañable de mi niñez. Empezaba a caer la tarde bajo un cielo nublado que dominaba las alturas y envolvía las calles con su aliento húmedo y neblinoso, Parecía como si el tiempo  hubiese aminorado su marcha y dado la vuelta para torcer, en la primera esquina, hacía un pasado extraviado en los recuerdos, En esas, me dirigí hacía las Ramblas caminando sin prisas entre la gente que no abarrotaba las aceras ni vociferaba en mil lenguas extranjeras, sino que, mansamente y casi sin hacer ruido, iba y venía como si de figurantes de una película se tratase. Los comercios, tenuemente iluminados (y que yo veía en blanco y negro),  exhibían los motivos navideños, aquellas impertérritas lucecitas destellantes que latían como corazones de 125 voltios,. Deambulando con lentitud  me abandoné a una ensoñación itinerante, y al pasar frente a la Sala Parés descubrí  que tras los cristales colgaba un cuadro del que fue uno de los grandes impresionistas y al que tan solo le faltó un pequeño detalle para brillar en lo más alto: tener la nacionalidad francesa. Era de Joaquín Mir. Extasiado por su perspectiva del color me detuve unos instantes y proseguí la marcha. Al llegar al Plá del Liceu alcé la vista y observé los grandes ventanales  del Club que filtraban  la luz  dorada de sus imponentes lámparas tras las cortinas. Un halo de esplendor irradiaba desde su interior, de magnificencia, por más que una pátina de elitismo vistiera de frac aquellos grandes salones (renacidos de sus cenizas). Me daba igual que todo ese poderío ahora fuera cuestionado, porque la belleza de un lugar no tiene más color que el de su arte. Tomé esta foto y, a fuego lento, calenté mi nostalgia. La ciudad, mi ciudad, me había felicitado las pascuas. Luego descendí a los infiernos, o sea al Metro. se me tragó la tierra, y este cuento, de Navidad, se acabó.

Os deseo muy Felices Fiestas y un próspero Año 2020, a los que estáis entre nosotros y a los que vi pasar  esa tarde por allí, de nuevo, aquellos que me llevaban de la mano hace sesenta años.

jueves, 12 de diciembre de 2019

El tonto útil


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Aunque Greta llegara, un día todavía lejano, a ser Premio Nobel de algo, yo me seguiría reafirmando en lo que pienso acerca de ella: es un, típico, tonto útil. Desde siempre, en las pandillas, el que accede a saltar la tapia para robar higos y correr los riesgos de la furia  del dueño del huerto, es el tonto útil, o a poner pegamento en la silla del profesor,  en fin todas esas cosas y, lamentablemente,  otras mucho peores. Personalmente puedo estar bastante de acuerdo en la evidencia de los problemas medioambientales y hasta comprometido con la conservación de la Naturaleza, pero sin llegar a la adoración caudillista de una muchacha que se erige en una especie de Mesías salvador del planeta. Ya no estamos en el año mil de nuestra era, no viene el anticristo, ni ahora se acerca el juicio final en el que serán  separados y mandados al infierno los que emiten gases y usan bolsas de plástico. La cuestión ecológica merece una atención decidida, sin duda, pero en clave científica y muy por encima de "infancias perdidas" dentro de un país rico y próspero como es el suyo, A Greta no le han escamoteado nada y, en cambio, a los niños y niñas de Eritrea si. No es demagogia, es una descomunal evidencia, porque olvidarse del orden de prioridades, urgentes prioridades, ya supone en si mismo un grave error.

A mi modo de ver hay en Greta rasgos extraños de personalidad. Los niños suelen congraciarse y sensibilizarse antes con sus coetáneos que con los problemas multifactoriales de la contaminación, porque sus espíritus, como sus arterias, todavía están impecables y en perfecto estado. En esa bendita polaridad hacia los iguales reside la más tierna expresión de solidaridad que ocupa toda la parte noble de sus corazones. Por el contrario, intuyo que algo atípico y oscuro le ha sido encomendado a esta imprevista abanderada del cambio climático, quien, tras haber sido reclutada para la causa, ha entrado en un malsano éxtasis. No es ella misma responsable de nada, tan solo una víctima de arteros manipuladores.

Ignoro si, desde los procelosos cuarteles de quienes hostigan el concepto actual de Occidente, han recurrido al arquetipo de niño prodigio que nació en un portal de Belén para insuflar fuerza a sus doctrinas, aunque aquel fuese pobre, palestino,  y privado de múltiples actividades extraescolares. La historia siempre trata de reescribirse, aunque casi nunca con acierto, y puestos a hacerlo hubiera sido mucho más deseable que los artífices de un movimiento restaurador se hubieran empeñado en  purificar otro aire: el de la cordura en nuestra civilización. Resulta muy evidente que de no limpiar con urgencia la porquería del materialismo consumista, que crece y se acumula  en nuestra mentalidad a pasos agigantados, si se producirá el  verdadero colapso del planeta. Al tiempo.

Greta: deja de ser un tonto útil, vuelve a tu colegio, relájate, y lee a Baltasar Gracián (está traducido a tu idioma)