lunes, 17 de septiembre de 2012

Idolos con pies de barro




Son muchos, son legión, los que profesan admiración a muchos iconos y personajes. Tal vez son demasiados para demasiada desmesura. La fiebre del incondicional parece ser ya una pandemia, y ninguna enfermedad, por leve que sea, deja de ser una grave amenaza cuando se da en grandes volúmenes de población. Los ídolos, este es el caso, son ya a estas alturas un marcador específico de una inquietante paranoia social. Les digo que ninguno de los personajes mediáticos de nuestra sociedad merece tanta adoración.

Hay ídolos cargados de dinero y de glamour que solo dan patadas a un balón, con más o menos pericia, y merced a ello suscitan sentimientos fervorosos. Vaya regalo de los dioses. Luego se permiten, algunos, hasta despreciar a quienes los sufragan y aplauden. Aquí pasa algo muy anómalo. Otros provienen de la Política, y representan algo similar como fenómeno, confiscando adeptos incondicionales cuando son estrictamente servidores de la “res publica”. Si alguno de estos salta, para su bien o para su mal, a la actualidad noticiable se exacerban las adhesiones “inquebrantables”. Un mal síntoma psiquiátrico. Miren, toda esta gente tiene unas responsabilidades asumidas libremente para la gestión de asuntos generales, nada más. No puede ser que a cada paso que den una nube de fotógrafos les capte para no sé qué colección o archivo gigantesco. La mayoría, además, son feos/feas o  desgarbados/desgarbadas. Digamos que este proceso psico-mental de ellos y de sus millones de adeptos se retroalimenta peligrosamente hacia un espacio-tiempo cada vez menos inteligible.

Por el contrario no se toma en cuenta, o no en la medida apropiada, a los seres íntimos y directos, a los del entorno próximo, a los que circulan por la misma escalera, la misma calle o  el mismo lugar de trabajo. A ellos les presuponemos  con un soso reconocimiento, no nos hacen vibrar con su amabilidad, sus buenas intenciones, o su cariño verdadero. Nadie les fotografía, ni les entrevista, y nosotros apenas cruzamos unas simples palabras. Los auténticos héroes de la vida están muy cercanos, pero para ellos no hay más que simplezas y obviedades, en el mejor de los casos. Lástima.

Al final, los ídolos con pies de barro están ganado la partida de la locura emocional, y contemplando en primera fila el desaguisado nos convertimos en cómplices necesarios del error. No estamos reaccionando bien en materia de calidad sentimental, y posiblemente nos hayamos equivocado de camino, todos juntos, en masa.

 No hay mitos que valgan, solo hay vanidades patológicas. Recuerden.