sábado, 1 de septiembre de 2012

El tiempo mató a la estrella


Cualquiera de nosotros ha vivido la experiencia de la involución ajena, de esa persona  próxima que durante mucho tiempo  pertenece al rompecabezas multicolor de nuestra vida  hasta que empieza a declinar. Es entonces cuando percibimos  la pérdida inefable de una parte de nosotros  mismos mientras el tiempo sigue avanzando,  el frío aviso  de la caducidad existencial.  Supone algo inherente a  todos los seres  vivos, como el fenómeno  de  la apoptosis o suicidio  de una célula  mientras el resto del  tejido   mantiene sus funciones.  Se empiezan a anular algunas referencias en nuestra vida como circunstancias imprevisibles, lazos estrechos que se desanudan ante nuestro estupor aún   persistiendo el  esbozo fantasmal de lo que han sido.  Es algo doloroso y  tratándose de emociones entre humanos concretos no son substituibles.

Sin referirme a nadie en concreto, o tal vez sí, durante años había conseguido  con él una suerte de empatía que alcanzó grados de complicidad. Esperaba sus comentarios agudos  con verdadero placer. Era ocurrente, parco y directo,  siempre respetable. Lejos, ambos,  en el espacio y en el tiempo, orbitando en vidas distintas, nos aproximábamos en muchas ocasiones. Un ser con personalidad, un punto de encuentro definido al que recurría sin el temor de los intereses ni las dudas de las intenciones, por más que era real y corpóreo. Todo un arquetipo espiritual con quien intercambiaba opiniones  sin riesgos ni censuras.  No era un tópico, había surgido de forma inesperada en mi vida, y yo en la suya. Terminé por apreciarle muchísimo. Y un día, no sé  cuándo o no recuerdo, esa relación empezó a debilitarse. Se espaciaron las conversaciones y  se fueron acortando.  Su  chispa se hizo más tenue hasta convertirse en un monólogo plano de sí mismo, sin trasiego de ideas, declarando sus fatalidades cotidianas o sus intrascendentes juicios de alguna noticia mediática. Ya no quedaba ni un ápice de fertilidad en nuestros  diálogos. Se había hecho viejo, huyendo al último reducto de la existencia, a  ese país dictatorial de las necesidades.  Todo el cariño seguía  vigente, pero en  una especie de estado de coma. La presencia había dejado paso al recuerdo. El tiempo “había matado a la estrella”. En este caso no fue la radio.

A estas alturas solo queda amarle y atenderle, sin penas ni glorias. Sin más.