martes, 23 de octubre de 2012

SALDREMOS JUNTOS



Ni injusticia ni terror ni hambruna se ciernen sobre Catalunya desde la “pérfida España”. Ninguna de esas fatalidades puede invocarse como causa de la rebeldía secesionista, antes debería tenerse en cuenta que las realidades de la Comunidad y del Estado comparten no solo historia común sino dinámicas continuas en estos momentos, pero el envite separatista no es un farol. Del pasado pueden hacerse análisis exhaustivos, pero con la Historia ocurre como con las pompas de jabón, terminan por desaparecer por grandes que se hagan y nos maravillen. En la Historia se suele recordar más lo malo que lo bueno, de forma que no es en sí misma una herramienta imparcial. Riguroso y cierto es que  Doña Petronila y Ramón Berenguer IV se desposaron en 1137 en Barbastro  y nació la Corona de Aragón, pero de ello solo queda físicamente una placa con la inscripción en la plaza de la Candelera, a pocos metros de donde vivo en la actualidad. Abandonemos la retórica histórica por aquello de que Tarraco Imperial tampoco tiene nada que ver con las industrias petroquímicas, ni por asomo las chimeneas flameantes de subproductos volátiles nos recuerdan los pebeteros romanos del circo o del teatro. Al final resulta que lo único seguro es el futuro. El presente instantáneo casi no existe. Y con el futuro no es prudente engañar, para eso ya está el pasado. Tenemos una incidencia en el horizonte: Catalunya se ha vuelto obsesivo-compulsiva.

Cuando yo era niño ya existían personas separatistas, las recuerdo, y antes de que yo naciera también, y dentro de muchos años seguirán existiendo. Esto forma parte del tejido social de determinadas regiones del mundo, aunque el caso de Catalunya es peculiar, y me explicaré. Hay en ella una cultura propia bien definida, trabajada, auténtica, aunque tal vez no espectacular en los cánones de la excelencia universal, sin rango de civilización. Y no obstante es para sentirnos orgullosos en la medida en que su trascendencia ha entroncado y habita la cultura española, secularmente. En otras palabras: el gran reconocimiento de la cultura catalana y su primer mentor ha sido España, desde los albores. En estas horas confusas algunos tratan de inutilizar el primer patrimonio de su expresividad, y reducir un colosal bagaje de identidades comunes. Estas gentes se equivocan en la ponderación de la dimensión intelectual de su propio valor. Lo más juicioso, por amor a Catalunya, sería expandirse con el impecable activo de su “hecho diferencial”, creciendo en presencia donde hay lazos verdaderos. Deberían cambiar el odio especulativo por la categoría del mérito, aliarse sin fisuras en un proyecto común en lugar de despreciar símbolos y personas, sobre todo personas con similar dotación genética. Deberían demostrar que su prestigio está por encima de los arrebatos de políticos mediocres o inmersos en una angustia estamentaria permanente, esos que invocan Europa como la tierra prometida. Por cierto, Europa es como las becas Erasmus, no existen, son los padres..

Nunca renunciaré a mi origen catalán, por muchos avatares que se den.  A título personal siempre he estado convencido de que Catalunya es imprescindible para España, como ésta lo es para Catalunya. Que nadie se desmoralice, saldremos de esta, y saldremos juntos.