domingo, 14 de octubre de 2012

Albert Boadella, catalanidades españolas









Uno no se encuentra alineado en ningún pragmatismo político, religioso, ni social, supongo que como muchos y muchos conciudadanos. De esta forma se vive la vida con un engorro menos, lo cual supone una pequeña ventaja existencial que adereza el curso de los días con el sutil toque de una especia en el guiso continuo del sueño-vigilia. Pero no significa, para nada, quedarse al margen de todo sin opinión y sin razón. Confieso que admiro a ciertos personajes significados y que se significan, aunque en lo personal seamos muy distintos. Es el caso de Albert Boadella.


Con Boadella he tenido, avatares del destino, coincidencias ciegas en otros tiempos. Para mayor abundamiento y misterio, ahora resido en la localidad en la que estrenó La Torna, obra que le llevó a la cárcel tras ser juzgado por un Tribunal Militar. Aunque él a mí no me conoce, le traté una faringoamigdalitis aguda en la época en la  que Els Joglars representaban Alias Serrallonga en Barcelona. El hecho no es tan enigmático, ya que una de las actrices del elenco era amiga mía y una mañana me llamó con urgencia para pedirme un remedio rápido y eficaz. Le indiqué lo que debía tomar como medicación y unos días más tarde recibí una invitación (dos) para presenciar la obra. Quedé maravillado con aquel montaje escénico  tan novedoso y delirante de una obra teatral que abordaba la sátira de un bandolero-símbolo y del nacionalismo histriónico que ya había empezado a salir del armario por aquel entonces, treinta años atrás. Desde entonces le he considerado un personaje singular, con pros y contras, extremadamente inteligente y con un talento teatral superior. Tan solo le ha faltado, o mejor, le ha sobrado un punto de inflexión para convertirse en un autor universal: su localismo temático. El mismo fenómeno que afectó al gran escritor español y catalán del siglo XX: Josep Plá.

Catalunya es cuna de grandes representantes de la esencia y excelencia mediterránea, de artistas, intelectuales, y comunicadores de la cultura químicamente puros. Surgen de forma aislada y desarrollan sus habilidades y su glamour al máximo nivel, pero no saben trascender. Creo que embarrancan en el arrecife proceloso del provincianismo, y aunque alguno haya alcanzado el reconocimiento internacional siempre ha llevado el lastre extraño de su origen. Puede ser este el caso de Salvador Dalí, o de Antonio Gaudí. ¿Cuál es la causa de este sino?

A decir verdad lo desconozco, pero se me ocurre pensar en una forma primaria de fagocitosis de identidad tribal. Es como si la sociedad autóctona de Catalunya impidiese la salida y proyección de estos personajes geniales fuera del límite de su membrana celular, y en caso de vulnerarla se desencadenase una reacción de demonización contra ellos en el citoplasma social. No sé si con otras palabras más simples se puede explicar mejor la cuestión. ¿Avaricia? ¿Celos? ¿Ocultismo? ¿Inseguridad? ¿Envidia? Me quedo con la última.

Su españolismo, volviendo a Boadella, es todo un mecanismo de defensa más que un acto progresista. Conozco bien el entorno. En mi barrio estaba el bar de su cuñado, el entrañable Boby Ros, un púgil de los años 50 que alcanzó cierta élite en el boxeo de aquellos tiempos. Tal vez por ese conocimiento instintivo del ambiente me atrevo a teorizar sobre su ideología política, esa que inspira de forma vitriólica sus obras. Albert Boadella no es ni será un icono antinacionalista, le falta tragedia y compromiso existencial, pero resulta imprescindible en el panorama gris de una decadencia nacional anunciada. Modestamente le entiendo y suscribo gran parte de sus soflamas, sigo sus obras, la última -El Nacional- es una joya de madurez teatral, pero nada me sirve de consuelo ante la nefasta impresión de comprobar que sus sátiras tan acertadas como desternillantes se van a convertir en una cruel y oscura realidad que no provoca más que tristeza y solo tristeza.