sábado, 15 de octubre de 2011

Gauche Divine


En aquellos tiempos existió un grupo heterogéneo de vividores al que, en Barcelona, se le llamó "Gauche Divine". Situados en la España de 1970, cuando Barcelona era todavía España, un estrato geológico de aquella sociedad que ya había saciado su hambre y su sed decidió que el paso siguiente era divertirse. Y así nació el círculo, por llamarlo de alguna manera, en octubre de 1969, exactamente cuando yo iniciaba la Carrera de Medicina. Eran gentes que se autoproclamaban intelectuales o artistas, algunos muy dudosamente y los demás de medio pelo. Por entonces la mayoría de jóvenes estábamos al margen de ese elitista movimiento (un pequeño apéndice apócrifo del Movimiento Nacional, mal que les pese a los otrora integrantes). Sus fiestas, sus reuniones, sus orgías, eran las de una casta favorecida por la dictablanda, en la que gozaban de todo lo que se puede gozar circularmente en su sentido más literal y con el plus añadido del morbo de la represión. Se sabían a salvo de todo mal y de las balas perdidas de la Policía Armada, que solo encontraban los cuerpos de obreros, así como de las palizas de la Brigada Político Social, atestadas exclusivamente a sindicalistas o a izquierdistas comprometidos. De los escasos incidentes contra el Orden Público debo decir que apenas se vieron envueltos, y se saldaron con alguna multa insignificante para sus bolsillos. Se creían superiores, sin más.

Tuvieron musa, Teresa Gimpera, tuvieron mentores, editores, perroflautas, filósofos de pacotilla, y, como no, mariquitas. Oriol Regás, José Mº Carandell, Esther Tusquets, Rosa Regás, Terenci Moix, y un largo etcétera de aparecidos que también querían probar bocado. Entre sus andanzas, que fueron casi todas privadas (vive la propiété priveé), vendieron la moto de la izquierda , pero una moto que no andaba y que solo petardeaba, cuya bujía había hecho la "perla". Esa fue toda su negrura en la negra España, entre copas, porros y orgasmos. Languidecieron cuando se adivinaba la democracia en el horizonte, cuando ya estaban listos para un nuevo objetivo: ganar muchísima pasta y detentar poder político, en cualquiera de sus versiones.

Los que entonces íbamos a pie, o a lo sumo en tranvía, no nos supimos percatar de que todos estos golfos sentían una jocosa conmiseración de nosotros, y en nombre de nuestra incultura se erigieron en proxenetas de la noche intelectual. Al final uno deduce que la extrema derecha no se lleva tan mal con las gentes burguesas de malvivir. Aunque algunos, unos pocos, se hayan arrepentido más tarde de pertenecer a la Gauche Divine no han podido borrarse el indeleble tufillo de su falsa izquierda, su falso arte, y su falsa dignidad.

Estas cosas sí fueron, entre otras, nefasta herencia del franquismo.