lunes, 16 de octubre de 2017

Si no amanece....dialogamos





Diálogo. ¿Pero que diálogo? ¿El del sí o sí? ¿El del cómo y cuando? Ningún diálogo puede apoyarse en la ruptura unilateral de las leyes democráticas establecidas. A eso, concretamente, se le llama sedición. Por más que una parte, y solo una parte que además no alcanza ni la mitad de los ciudadanos de Catalunya, haya emitido su opinión a favor de la independencia en un referéndum fraudulento y carente de todas las garantías, el Govern de Catalunya no tiene ninguna fuerza moral para exigir un diálogo dirigido a fracturar una realidad consolidada en un Estado de Derecho. Es un ejemplo palmario de un gran absurdo intelectual, que en román paladino  equivaldría a una gran "tomadura de pelo".

Por más que los tiempos que ahora vive el mundo en general se hayan vuelto menos rigurosos, en aras de una supuesta humanización de los usos y costumbres sociales, lo del  Ejecutivo catalán traspasa la falta de cordura ampliamente. Ninguna referencia, desde su sede, al delito de saltarse,  de manera reiterativa, las leyes nacionales y las propias de su Parlament, algo que es consustancial a todo aquel que comete cualquier tipo de delito: violo lo prescrito para obtener mi fin. Así que descartado ese sentido ético de la conducta todo lo demás huelga: es ilegalidad. Todo ser humano puede cometer actos delictivos, está en su propia naturaleza, pero quien ya los ha cometido flagrantemente es muy probable que reincida. Esto se sabe desde que el mundo es mundo.

Mi visión del problema es multifactorial, ya que no en vano soy catalán y he vivido la mitad de mi vida en Barcelona. Siempre hubo, sectorialmente, un rechazo a lo español y críticas despiadadas a los venidos de fuera, pero se mantuvieron en una equidistancia de convivencia fáctica. El horror al forastero fue una característica de las comunidades antiguas desde su establecimiento social, es decir, desde las cavernas. Con el eufemismo de xenofobia se han rebautizado estos fenómenos desde hace unas décadas aunque significando lo mismo: rechazo hacia aquellos que no tienen patente de corso tribal. Este sentimiento se ha amplificado con el otorgamiento, legal y democrático, de competencias políticas y administrativas. Pero todo ello no es la única causa. Hay más.

El "procés", intencionadamente, se ha ruralizado, haciéndose mucho más virulento fuera de los grandes núcleos urbanos donde persiste, de forma natural, un relativo aislamiento primitivo. Ya escribía sobre eso Josep Plá (denostado por los independentistas aunque sin duda la más lúcida pluma de las letras catalanas) y advertía de los atavicos payeses (Véase Viaje a pie). La generación siguiente, en gran parte, abandonó el campo y se estableció en las ciudades. De aquellos polvos estos lodos. Toda esa precariedad intelectual, desconfiada y torticera, dio un fruto nuevo, menos tosco pero igual o más resentido. Con el advenimiento de la modernidad, con la mejora del nivel vida, esas semillas ancestrales han brotado y crecido en un escalón superior, en los tiempos de la abundancia, pero sin dejar de mantener los perjuiciosétnicos.  Resultaría ocioso investigar en los orígenes, más o menos recientes, no solo de los conductores del secesionismo sino de los palmeros que les jalean para concluir que  se trata de una adoctrinada revolución campesina.

Por último aprecio en todo este desaguisado un componente de neurosis colectiva.  En concreto parece existir un contexto sediento de aventura dentro de una sociedad avanzada pero plana emocionalmente en donde nunca pasa nada que excite el super yo del subconsciente y en la que el hartazgo de ocios y pasatiempos ha desquiciado a ese sector que busca a toda costa algo más potente que hincarse en vena para obtener placer. Rozando la locura.

Curar este patología no es nada fácil. No hay medicación específica, en términos figurados, ni tratamiento quirúrgico erradicador aplicable para sanar este desafío. La evolución es imprevisible, como en toda enfermedad infrecuente, ya que el concierto de las naciones occidentales está por las uniones y no posee experiencia suficiente en el manejo de separatismos. No quiero pecar de reduccionista y permanecer esperanzado en que la normalidad institucional, al amparo de las leyes, resuelva la cuestión. Hay un problema que no es baladí y sí preocupante. Quizás sobran todos los políticos, de ambos bandos, para resolverlo y solo los ciudadanos sean capaces de poner fin a la pesadilla. Veremos de que forma.

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