sábado, 11 de marzo de 2017

¿Y si no fuéramos tan buenos?




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Puede que la maldad no sea más que la continuación de la desesperanza por otros medios, excusándome de parafrasear la semántica de Clausewicz,, y es que. acabo de comprender  que la aberración de la conducta surge como un meteoro imprevisto que arrasa el pequeño huerto de la existencia ajena para devastar sentimientos como el granizo hace con  los cultivos. No es retórica, Todos perdemos, en algún momento,  ese cabal pensamiento que nos insufla la estabilidad emocional, y lo mas extraño es que casi no depende del ser social en el que nos recocemos propiamente. Explotamos y agredimos sin proporcionalidad  impulsados por una misteriosa fuerza oculta y traicionera. No hace tanto he experimentado ese terrible vértigo que por ser irresistible nos atrae fatalmente al vacío. Toda una deleznable actitud, demoníaca para los espiritualistas, o en palabras llanas:  miserable. Si. Llegamos a ser miserables cuando nos abandona la esperanza  esencial  en nuestro camino vital.

De nada me sirve bucear en las ciencias psiquiátricas para buscar explicación patológica a este incendio como causa, porque no está en ningún genero de locura, ni siquiera en amargas reacciones ante la adversidad, ya que cuando se hace daño a alguien  se desparrama la única fortaleza genuina de nuestra especie: la confianza en uno mismo,

Romper con ese mágico aliado, en un momento dado, supone la gran derrota de nuestra entidad y noción del yo respetable y extinguir los derechos de la inocencia primigenia, esa que nos otorgamos justo en el momento de nuestro nacimiento, cuando el primer suspiro llena de esperanza nuestros pulmones como un bautismo, regalo de la Naturaleza, al ingresar en el mundo de los vivos.

Me temo que he vulnerado esa gracia, como otros muchos, tantos y tantos. Tal vez haya perdido parte
de mi ya precaria bondad, pero lo peor es que con las maldades se hace perder mucho más a quienes ofendemos.

¿Y si no fuéramos tan buenos como nos creemos?