jueves, 13 de junio de 2013

Un Dios prohibido


 
 
            No iré a ver la película “Un Dios prohibido”. Es mi “basta ya” personal contra la leña que alimenta  las brasas, o el fuego, de aquella lamentable contienda y todo lo que había sucedido y sucedió después de ella. Tanta necrofilia, en los dos bandos, me incomoda hasta el punto del absurdo, me subleva contra esa escalada de pesaje de  tropelías, bien que durante algunos años los entonces vencidos hayan reivindicado su silencio obligado durante el franquismo. Pero ya no más, aunque queden muchos interrogantes sin explicar, aunque nunca se llegue a saber todo acerca de los delitos cometidos por las dos partes, aunque queden cuentas pendientes, es hora de pasar página y comprometerse al “nunca más”.

            Películas  sobre la guerra civil se seguirán produciendo y realizando como recurso cinematográfico lucrativo, Queda taquilla todavía, y eso es lo más nefasto, sean éstas del signo que sean. Dicho sea de paso, dentro de pocos años, si el ritmo de entregas  de este género prosigue, se acabaran rodando mas metros de cinta que lo que duró en tiempo real aquella guerra. Otro absurdo. Magnificar el horror es casi lo mismo que alimentar monstruos, monstruos residuales en estos tiempos pero monstruos al cabo. Si todos hemos sufrido, indefectiblemente, la impronta de aquella tragedia deberíamos estar ya en condiciones de conciliar un punto final como herederos directos de una época negra de nuestra historia. Eso sería grandeza.

            Barbastro fue, durante aquellos años, un lugar especialmente cruel, aunque nadie podría establecer una clasificación nacional al respecto. Mientras los unos asesinaban, no en combate, los otros también Mientras unos perseguían, bajo las sospechas más que peregrinas, los otros también. Mientras se encarcelaba a las personas, a las ideas, a la mismísima Libertad, se consumaba el hundimiento de la gran aspiración de todo ser humano: vivir en paz. He ahí la gran tragedia. Pueden argumentarse jurídicamente o éticamente las responsabilidades de la contienda, y condenar, y sentenciar, pero la historia al final solo sirve para no volver a cometer el mismo error.

            Me quedo con las palabras escritas por mi abuelo a mi abuela la última noche de su vida antes de ser fusilado en 1938: perdonadlos. Y  nuestra familia así lo ha hecho.