domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Y yo que haría?


  
 
              Me hago esta pregunta mientras reflexiono acerca de la “precaria” situación económica que padecemos. Todos estamos expuestos a quedarnos sin un céntimo, todos, así que conviene pensar en ello y planear soluciones.  Pediría ayuda. Conozco a bastantes personas que podrían hacerlo, pero intuyo que solo me darían excusas y poco más. Saldría a buscarme la vida, aunque los que, como yo, somos monotemáticos laboralmente dudo que consiguiéramos algo substancial. Ahora recuerdo una lejana conversación que mantuve hace muchos años en una taberna del puerto de Mahón con un vagabundo y que viene al caso.

                Mientras esperaba la apertura del consignatario de buques que había transportado mi coche,   entré a tomar un café en uno de esos novelescos bares que decoran las dársenas. Junto a mí, un desaliñado personaje vestido como un espantapájaros se tomaba una copa de gin, y solo eran las ocho de la mañana. No le faltaba osadía al caballero ya que a los cinco minutos estábamos conversando como tertulianos habituales, y quemando etapas  me sugería principios vitales prefilosóficos.  

Ustedes, los turistas, creen que lo que se gastan vale lo que disfrutan, pero están muy equivocados –sentenció con recochineo- La vida es más simple y barata. No hay que complicarla nunca. Si acaso, y discúlpeme, la vida es como el palo de un gallinero..

¿Cómo el palo de un gallinero? -inquirí sorprendido- ¿A qué se refiere?

Pues verá -repuso con cierta discreción-, es corta y llena mierda.

                Quedé atónito. Pensé que estaba algo majareta, pero había un misterioso aplomo en sus palabras. Apuró la copa  y se señaló con el dedo.

Yo no pago impuestos, tengo una sola muda, y mi DNI está caducado. No tengo prisas ni temo a nadie -dijo con soltura mientras rebuscaba una colilla en sus bolsillos- Ya lo ve, mi casa es el mundo.

                A pesar de su desaseado aspecto aquel no era un hombre cualquiera, sino alguien que sabía interpretar al dedillo su existencia  sin lamentarse de ella. Se despidió cortésmente y salió de la taberna.

                Si nos llega la ruina siempre podremos hacernos vagabundos. Juro que, aquel, desesperado no estaba, y nada poseía.