jueves, 10 de noviembre de 2011

In eternum



Y seguía pensativo, desgranando el enigma de la vida, si así podía llamarse. Entre la bruma de la mañana y la luz dorada del atardecer se daba tiempo para encontrar respuestas, pero la vorágine de rutinas cotidianas no le concedía tregua para abstraerse lo necesario. La existencia, claro, la existencia lo gobernaba todo. La percepción, tan cambiante, no le prestaba ayuda útil. Y los sentimientos, esos, se le habían secado con premura. Tampoco sabía donde estaba exactamente, y que hacía allí. Se veía a sí mismo como un extraño caminante sin rumbo y sin destino. Además de recurrir a las ensoñaciones había relativizado todo lo que aprendió. Ya no era momento de retroceder, ni de avanzar, ni siquiera de sentarse en el suelo y deshacerse en lamentos. Solo podía enmudecer, y mirar a su alrededor para alimentar su noción de realidad, quizás en un intento de superar el terrible agarrotamiento mental que acechaba como una fiera silenciosa. Las cosas no le ayudaban, las oportunidades de descubrir un pequeño resquicio de interés no aparecían. Antaño, cuando era joven, se permitía la licencia de aplazar esos hallazgos, de confiarse a la diosa fortuna que estaría al llegar en cualquier momento. Nunca llegó a conocerla, y probablemente ella a él tampoco.
Los días ya no podían sumarse, ni recordarse con claridad. Los meses circulaban como un viejo mercancías , sin detenerse jamás en las estaciones donde él aguardaba. Los años le hacían la burla como enmascarados carnavalescos. Solo tenía minutos y segundos para juguetear, y cada día se le hacían añicos en sus manos. Apenas le quedaba aliento para recomponer su pensamiento. El tiempo le traicionaba y el espacio le arrojaba a un horizonte impreciso.
Tras andar el mismo sendero una y otra vez se interrogó en un grito. No obtuvo ninguna respuesta.
Bajo su lápida, reinició sus pensamientos. In eternum.