viernes, 15 de octubre de 2010

LUBINA A LA SAL



Un octagenario, todavia digno y autónomo, vivia de su pensión en una modesta residencia para ancianos. Llevaba una vida tranquila y serena, y su entorno, aunque poblado de diezmos y calamidades, podía considerarse aceptable. Su aseo era adecuado, sus ropas de primera vida, su aspecto acompasado con sus circunstancias. No tenía quebrantos económicos. Había enviudado hacía 7 años. Tampoco se había hundido en la lúgubre espera de la muerte, su corazón estaba sano, y su fuerza proporcionada a su edad. Un hombre que no hacia nada ni esperaba nada, ni a nadie. Se había acostumbrado a este dilema inamovible y gozaba de un estado, en apariencia, saludable. Solo una cosa le atormentaba. Unas semanas atrás le contaron un chiste en un bar, un chiste fácil. ¿Sabes en que se parece la lubina a la sal a una mamada?...Pues no. ¡Pues...hombre... que la que te hacen en casa nunca es tan buena como la de fuera!. Tuvo que reirse por cortesía, pero sintió un agobio terrible de inmediato: nunca había comido lubina a la sal, y nunca le habían hecho una mamada. Aquello le marcó, se le quedó como una espina en un dedo. A sus 81 años no las había probado. El pescado no le gustó nunca demasiado, y sospechaba que ese aderezo de sal no le iba sentar bien. Además tendía a subirle la tensión., asi que descartó el restaurante y el plato, pero lo de la mamada ya era otra cosa. Siempre lo había imaginado como una delicia extraordinaria, y nunca se atrevió a plantearlo en su ordenada vida marital. Su mujer le hubiera sacado los colores, y posiblemente la habría ofendido gravemente. Era cosa de putas. La obsesión, prendida en esa falsa libertad de la viudez, le hizo cavilar. Recordó que algunos residentes hablaban de ello y daban referencias exactas de donde acudir para ello. Al principio lo escuchaba sin a a penas prestar atención, pero desde que le contaron el chiste su interés, un interés repentino y compulsivo, creció de forma inusitada. Y preguntó por las señas y por la persona.


En la estación de autobuses ya se conocía este trapicheo, como un servicio no declarado y bastante clandestino. No habían horarios. Acordó el precio antes: 30 €. Entraron por separado en los servicios de caballeros. El primero, y un minuto despues ella. Se metieron en el angosto WC, y susurrándose se dijeron lo imprescindible. El trabajo comenzó con cierto ritmo pero, poco a poco, fue decayendo. El observaba aquella nuca ,pequeña y vulgar, moverse con monotonía, pero no recibía el éxtasis esperado. La contratada empezaba a hartarse. De pronto le miró a la cara y le pidió otros treinta euros. Así, en pié, ridiculamente plantado, se sintió abrumado, incapaz de responder. La mujer dió un par de lenguetazos más y volvió a inquirirle en el trato.No hubo respuesta. Se levantó, colgó su bolso en bandolera y salió a toda prisa del retretete. El hombre no daba crédito a lo sucedido, no tenía ninguna emoción, la vida se le había quedado helada en las venas. Se abrochó y salió dando un traspié. La estación de autobuses estaba tambien adormecida, apenas se contaba una docena de viajeros en los andenes. Caminó entre ellos y salió al exterior. La noche caía, eran más de las ocho. Sin rumbo ni destino vagó por las calles, y cuando los primeros aromas genuinos del ocaso se desparramaron recobró el pensamiento. ¡Que mala suerte!, pensó. Nunca se había senrtido tan humillado, ni tan burlado, nunca había estado tan cerca de la indignidad. Y, ¿no era eso terrible?. Perder la dignidad, en los últimos tramos de la vida, era peor que morirse en un rincón. Recapacitó. Su tempo era otro, y nada ni nadie deberían alterarlo. Miró su reloj. Dio media vuelta y buscó un restaurante. La ensenada, tenía buen aspecto. Curioseó la carta y comprobó que entre sus especialidades se encontraba la lubina a la sal. Entró. Un amable maître le ofreció una mesa recogida junto a los ventanales entreabiertos por los que entraba la suave brisa de la noche primaveral. Pidió lubina a la sal, como quien es un consumado gourmet de toda la vida, y vino blanco de aguja. Aguardó mientras paladeaba la copa de aquel caldo dorado, intenso y lleno de matices, que poco a poco iba disipando la solemne tristeza de aquella tarde. Llegó el camarero con una fuente en la que, engastada como una reliquia arquelógica, humeaba el pescado recubierto de sal caliente y cristalizada. Embelesado observó la técnica del hostelero disecando finas y jugosas porciones de un pescado blanco y brillante cuyo aroma reconfortaba el ánimo. Probó el bocado, y le supo bien. El segundo aún mejor. Extraordinario. Se deleitó en sumo grado, saboreando cada minuto gastronómico, Al terminar pidió la cuenta. Treinta euros. Casualidades. Pagó y salió a la calle. No tenía la menor intención de regresar pronto a la residencia, donde las catervas de zombies se desperdigarían tras el sopicaldo entre sus habitaciones y la sala de la televisión. Entró en un coqueto café cercano al puerto y pidió un café y un coñac. Le atendieron muy bien, como a un señor. En verdad, pensó, soy un señor. Con mirada picara se dirigió al camarero tras engullir casi de un trago la copa de Magno, y le dijo... ¿Sabe usted en que se parece la lubina a la sal a una mamada?..