miércoles, 7 de abril de 2010

Percepciones espontáneas

Con diáfana sencillez entra la luz en el atrio de la ermita. Todavía hay rastros de fe en sus paredes, volando de manera invisible por el aire. Han pasado los siglos, en este lugar
se dice que casi mil años, y me invade una omnipresencia de sentimientos derramados por una infinidad de devotos, caminantes, lugareños, extraviados y hasta nacidos alli. ¿Quién podría relatar tantas historias?: nadie. Pertenecen a un pasado que se ha alejado a la velocidad de la luz, que ahora viaja por las estrellas. Me inclino ante el sentir profundo de sus oraciones, con el respeto más humano, con la noble admiración a la espiritualidad del ser. La aperente soledad del atrio está cuajada de corazones que laten en silencio invocando lo sobrenatural como experiencia que trasciende. Cuanta impresión causa la plasticidad inmaterial de las almas. Todo ello sin preguntarme por existencias o inexistencias de Dios.