miércoles, 21 de abril de 2010

GARZONISTAS

Algo tiembla bajo nuestros pies, como un seísmo inquietante de intensidad no predecible. Es en el plano ideológico y como pretexto un juez juzgado. Que Garzón es un personaje atípico es incuestionable, y también controvertido. También. Puede que hasta algo paranoide en la dimensión profesional, pero todo ello no es más que un precario argumento para tanta alineación ideológica. Evidentemente ese no es ningún camino de progresismo, tan solo teatralidad macilenta de quienes enarbolan su defensa. Dicho de otra forma: un signo ominoso de mala salud de nuestra sociedad. Sin asepsia en los razonamientos se ensucia más y más el panorama. Puede que lo de Garzón sea una simple vendetta entre magistrados, o puede que no. Hay sin embargo sombras que desdibujan su presunta competencia, cuando solicita oficialmente el certificado de defunción de Franco, o cuando acude a una sangrienta cacería con un ministro de Justicia. Demasiados tintes kafkianos, rayando un delirio ególatra-compulsivo que hace sospechar de su sobriedad profesional. No es un probo juez, eficiente y eficaz, no… está prendado de si mismo ante todo, y eso no es nada bueno. En todos los niveles de la sociedad hay personas de gran valía que, sin protagonismos, trabajan con dedicación y alta responsabilidad. Los que nunca o casi nunca salen en los medios. Los que cumplen con el autentico objetivo de servicio a la sociedad, renunciando a la soberbia del personalismo.

No sé porqué me asalta el recuerdo de Marat cuando pienso en Garzón, sin que históricamente existan analogías, pero sí, me viene como una semejanza abstracta. Esperemos que no aparezca ninguna Charlotte Corday frente a su bañera. Nada de aquellos tiempos convulsos de la Francia guillotinadora y presuntamente revolucionaria, nada de aquellas tropelías en nuestros días. Marat nació en Boudry, Suiza, y era hijo de un dibujante de origen sardo bastante amargado. Garzón es andaluz. Los usos que hizo de la prensa escrita, lo mediático de aquel tiempo, le propiciaron sectarios amigos y enemigos, en eso si hay coincidencias. Y ese episodio no terminó bien, ni trascendió más allá de la crónica histórica.

Después de todo lo preocupante es que los valedores de Garzón, los garzonistas, se dediquen a eso y no susciten más que rabias ideológicas, cuando lo que en verdad hace mucha falta es regenerar el sentir de lo civilizado y desde ahí perfeccionar las ideas para mejorar la vida. Sobran algaradas y catarsis de las frustraciones pasadas, es menester defender el futuro y olvidar un pasado que no trajo ninguna enseñanza aprovechable. Señores, más y mejor arte y menos vocinglerías