miércoles, 18 de diciembre de 2019

FELIZ NAVIDAD
















En Barcelona, hace pocos días, rescaté un estampa entrañable de mi niñez. Empezaba a caer la tarde bajo un cielo nublado que dominaba las alturas y envolvía las calles con su aliento húmedo y neblinoso, Parecía como si el tiempo  hubiese aminorado su marcha y dado la vuelta para torcer, en la primera esquina, hacía un pasado extraviado en los recuerdos, En esas, me dirigí hacía las Ramblas caminando sin prisas entre la gente que no abarrotaba las aceras ni vociferaba en mil lenguas extranjeras, sino que, mansamente y casi sin hacer ruido, iba y venía como si de figurantes de una película se tratase. Los comercios, tenuemente iluminados (y que yo veía en blanco y negro),  exhibían los motivos navideños, aquellas impertérritas lucecitas destellantes que latían como corazones de 125 voltios,. Deambulando con lentitud  me abandoné a una ensoñación itinerante, y al pasar frente a la Sala Parés descubrí  que tras los cristales colgaba un cuadro del que fue uno de los grandes impresionistas y al que tan solo le faltó un pequeño detalle para brillar en lo más alto: tener la nacionalidad francesa. Era de Joaquín Mir. Extasiado por su perspectiva del color me detuve unos instantes y proseguí la marcha. Al llegar al Plá del Liceu alcé la vista y observé los grandes ventanales  del Club que filtraban  la luz  dorada de sus imponentes lámparas tras las cortinas. Un halo de esplendor irradiaba desde su interior, de magnificencia, por más que una pátina de elitismo vistiera de frac aquellos grandes salones (renacidos de sus cenizas). Me daba igual que todo ese poderío ahora fuera cuestionado, porque la belleza de un lugar no tiene más color que el de su arte. Tomé esta foto y, a fuego lento, calenté mi nostalgia. La ciudad, mi ciudad, me había felicitado las pascuas. Luego descendí a los infiernos, o sea al Metro. se me tragó la tierra, y este cuento, de Navidad, se acabó.

Os deseo muy Felices Fiestas y un próspero Año 2020, a los que estáis entre nosotros y a los que vi pasar  esa tarde por allí, de nuevo, aquellos que me llevaban de la mano hace sesenta años.

jueves, 12 de diciembre de 2019

El tonto útil


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Aunque Greta llegara, un día todavía lejano, a ser Premio Nobel de algo, yo me seguiría reafirmando en lo que pienso acerca de ella: es un, típico, tonto útil. Desde siempre, en las pandillas, el que accede a saltar la tapia para robar higos y correr los riesgos de la furia  del dueño del huerto, es el tonto útil, o a poner pegamento en la silla del profesor,  en fin todas esas cosas y, lamentablemente,  otras mucho peores. Personalmente puedo estar bastante de acuerdo en la evidencia de los problemas medioambientales y hasta comprometido con la conservación de la Naturaleza, pero sin llegar a la adoración caudillista de una muchacha que se erige en una especie de Mesías salvador del planeta. Ya no estamos en el año mil de nuestra era, no viene el anticristo, ni ahora se acerca el juicio final en el que serán  separados y mandados al infierno los que emiten gases y usan bolsas de plástico. La cuestión ecológica merece una atención decidida, sin duda, pero en clave científica y muy por encima de "infancias perdidas" dentro de un país rico y próspero como es el suyo, A Greta no le han escamoteado nada y, en cambio, a los niños y niñas de Eritrea si. No es demagogia, es una descomunal evidencia, porque olvidarse del orden de prioridades, urgentes prioridades, ya supone en si mismo un grave error.

A mi modo de ver hay en Greta rasgos extraños de personalidad. Los niños suelen congraciarse y sensibilizarse antes con sus coetáneos que con los problemas multifactoriales de la contaminación, porque sus espíritus, como sus arterias, todavía están impecables y en perfecto estado. En esa bendita polaridad hacia los iguales reside la más tierna expresión de solidaridad que ocupa toda la parte noble de sus corazones. Por el contrario, intuyo que algo atípico y oscuro le ha sido encomendado a esta imprevista abanderada del cambio climático, quien, tras haber sido reclutada para la causa, ha entrado en un malsano éxtasis. No es ella misma responsable de nada, tan solo una víctima de arteros manipuladores.

Ignoro si, desde los procelosos cuarteles de quienes hostigan el concepto actual de Occidente, han recurrido al arquetipo de niño prodigio que nació en un portal de Belén para insuflar fuerza a sus doctrinas, aunque aquel fuese pobre, palestino,  y privado de múltiples actividades extraescolares. La historia siempre trata de reescribirse, aunque casi nunca con acierto, y puestos a hacerlo hubiera sido mucho más deseable que los artífices de un movimiento restaurador se hubieran empeñado en  purificar otro aire: el de la cordura en nuestra civilización. Resulta muy evidente que de no limpiar con urgencia la porquería del materialismo consumista, que crece y se acumula  en nuestra mentalidad a pasos agigantados, si se producirá el  verdadero colapso del planeta. Al tiempo.

Greta: deja de ser un tonto útil, vuelve a tu colegio, relájate, y lee a Baltasar Gracián (está traducido a tu idioma)

jueves, 22 de agosto de 2019

LA ESTACION















Mientras paseaba por la solitaria estación de T recordé aquel día lejano en que por primera vez pasé por allí una calurosa mañana de julio. Quince o veinte chavales, guiados por “el Cura”, íbamos de excursión a los imponentes lagos y montañas de la cordillera, y aunque nada o muy poco era reconocible en la vacuidad ferroviaria del lugar hice una pausa para reflexionar. Observé las vías, esas paralelas que las Matemáticas dicen que se cruzan en el infinito, y solo vi el lecho de modernas traviesas perdiéndose en la primera curva. No quedaba ningún vestigio de aquellos tiempos, salvo el edificio que había sido remozado y pintado con poco gusto y ninguna personalidad. Ni siquiera se produjo la llegada de un convoy, moderno e igualmente cochambroso, capaz de romper la absoluta soledad de aquellas horas postreras de la tarde, así que me puse a retroceder en mi mente y a escudriñar en la esencia del ayer, como un viejo más en su sobrevenida lentitud vital, tratando de pillar al vuelo pretéritas vivencias por si de algo sirviesen ahora y en estas circunstancias.

Repasé cada detalle de entonces, de aquel día y de los que  siguieron caminando por los agrestes senderos de los valles y las escarpadas cimas. No obtuve respuesta, nada permanecía con vida, el tiempo se había marchado para siempre. Era muy improbable, si, que algo se despertara después de tantos años, cincuenta y tres, y que una cuadrilla de adolescentes, comandados por un jesuita, hubieran dejado rastro en el aura intangible del espacio-tiempo de aquella estación que por entonces olía a carbón de coque. Reconocí que nadie podía atestiguar el verídico paso de todos nosotros escrutando con nuestros ojos el melancólico paisaje que se veía a través de las sucias ventanillas del tren. Era, mismamente, la ley del olvido de todo trasiego humano en su existencia, que ni a anécdota alcanzaba ni a un rincón distinguido en la memoria.  Tan solo el latido del corazón, aún vigente, daba fe del recuerdo.



En esas estaba cuando recapitulé sobre mi presencia allí tantos años después. Trabajo. Todo tenía explicación. No había vuelto dando tumbos, enajenado de nostalgia, a una perdida localidad rural en busca de consuelo y expiación. No. Había vuelto, misteriosamente, al trabajo y a allí. Las circunstancias, mi vida, mi deseo por retomar el oficio huyendo del insoportable ostracismo de la pasividad sufragada, daban las razones, pero algo mucho mas intrincado se escondía en la maleza espesa del destino. Traté de abrirme paso como pude y vislumbré algo que se movía. Espié con sigilo y por fin conseguí verlo.

De nuevo estaba solo, desconocido por completo en aquellas tierras y por sus gentes. Venía, otra vez del destierro, de los inefables finales tan amargos como crueles de los ciclos vitales. Volvía a un diminuto panorama, de sencillas personas, de precariedades, de soledades, de cósmica vida cotidiana. Volvía a empezar lo mismo, una vez más.

Saludé al enigma agazapado entre la maleza, qué aunque me miró fijamente nada me dijo, y abandoné la estación.

lunes, 29 de julio de 2019

La insoportable levedad de la Política





Visto lo visto no sería mala cosa seguir como estamos: con un gobierno en funciones, porque la vida no se ha parado y tampoco ocurre nada extraordinario, ni para bien ni para mal, así que ahora más que nunca cobra todo el sentido aquello de... "Madrecita que me dejen como estoy"


Puede parecer simplón, si, pero hay un punto de reflexión en el asunto. Me explico. Todo el esperpéntico espectáculo de las fallidas negociaciones (y no solo en lo que al Gobierno de la Nación se refiere , sino en Autonomías, ciudades, pueblos, aldeas, Corporaciones, etc.) es puro ruido, un canto de chicharras mucho más desafinado que el de los incesantes insectos veraniegos, cuyo objetivo no es otro que el de los beneficios exclusivos y personales de los llamados al festín, De eso, que a nadie le quepa la menor duda y , claro, en pleno siglo XXI en el que el  sentir social ya se encuentra mejor enraizado que en los tiempos feudales, a los votantes nos parece un grave insulto asistir a esa trifulca barriobajera de intereses con nombre y apellidos. Es su codicia y no la nuestra,  No nos interesan sus pactos o no pactos, sus agravios por pactar o dejar de pactar, mientras observamos que el pulso de la sociedad no se ha detenido y todo fluye de manera habitual. Toda una evidencia. 

A quien me dé un tirón de orejas por "tamaña irresponsabilidad", llamándome ignorante por no detectar los graves peligros de un sin gobierno, de lo que se puede avecinar si no se constituye un Ejecutivo legislador, le responderé con un argumento poderoso. Vayamos a una sucesión infinita de elecciones en los que la voluntad popular (la única legitimidad democrática) perpetúe en las urnas  eternamente unos resultados similares a los actuales, donde nadie en conciencia , o casi nadie, cambie su opción de voto y tengamos para siempre a unos mastuerzos como figurones de un Parlamento que nada pueden cambiar

Creo que con un marco básico, la Constitución votada democráticamente por el pueblo y redactada entre TODOS los partidos de entonces, sancionada por la Corona y desarrollada  con la estricta y efectiva herramienta de la jurisprudencia, tenemos suficiente  para navegar. Lo demás es la vida misma, nuestros oficios, nuestros negocios, nuestras relaciones, nuestros sentimientos, nuestras capacidades, nuestra historia colectiva, y la bondad que sepamos entregar en el día a día a nuestro entorno.

Señores políticos no es que sobren, es que están de más.

P.S.
(Señores de los Medios de Comunicación: dejen nos conciliar al menos el merecido descanso vacacional. Muchas gracias)

miércoles, 10 de julio de 2019

Diálogo al anochecer




Debo ser muy poco observador, porque a mis años acabo de descubrir que el mundo funciona de forma muy distinta a como yo  lo entendía hasta ahora. Supongo que habrá llegado el momento de percibir el nuevo concepto y lo he hecho conversando con un tipo inteligente, padre de familia de clase media y algo más joven que yo, en la placentera terraza de un bar frente a sendas cervezas bien frías. A colación el momento político nacional e internacional.

-El nivel de todos ellos es muy bajo, casi vergonzante, aunque muchos tengan carrera universitaria.
-Cierto y la mayoría con alergia al estudio. No hincan los codos desde hace lustros.
-Dan un espectáculo bochornoso con sus luchas intestinas por hacerse con el poder y lo sustancioso de ejercerlo.
-Si, se disputan un botín, como piratas y corsarios,
- No obstante, creo que nos merecemos lo que tenemos, somos hijos de los mismos lodos.
-Seguramente
-Ningún partido se salva de esta lacra, ni siquiera  los que no han gobernado nunca,
-Completamente de acuerdo. Todos pecan de pensamiento, palabra, y los que llegan arriba de obra
-Y ¿qué me dices de fantasmón del presidente norteamericano?
- Impresentable
-¿Y del nuestro?
-Un vulgar vividor
- Sin más objetivo que perpetuarse ahí, en la poltrona, sin mirar de cara a nada ni a nadie
-Así es. Y ¿para qué?
- Europa tocada gravemente, el mundo una olla a presión, el país infestado de roedores.
-Exacto, Lo dijo Hamlet..."algo huele a podrido en Dinamarca"
- Nuestra sociedad bipolar se da golpes en el pecho con la tragedia humana de los migrantes  mientras enloquece comprando por Amazon.
-Es verdad. Toxicómanos compulsivos del gasto sin deshabituación posible, al tiempo que redomados hipócritas,
-Estamos muy hartos de tanto mangante en lo público y en lo privado pero tan solo les maldecimos varias veces al día,
- Tal cual
-Habría que hacer cumplir las leyes hasta el último resquicio y que quien "la hiciera" "la pagara"
-Es lo justo. Pero con eso solo no basta, Habría que resucitar a la Etica, asesinada hace muchos años y enterrada, por error, junto a la Religión.

Pedimos dos cañas más, hace calor.

-¿Te has fijado como viven las viejas glorias de la Izquierda y de la Derecha?
-De  manera similar.
-¿Y los politicos en activo de la Izquierda y la Derecha?
-También de manera similar, cual rufianes,
-No recuerdan sus ideales, ni sus orígenes
-¿Para que recordar y ponerse una piedra en sus zapatos?

Recogen los toldos para que corra el aire

-Los problemas graves se airean, se amplifican en los medios, y no se resuelven
-Has dado en el clavo, eso de resolver no es lo suyo. Lo suyo es agitar
-¿Entonces para que están, cual es su función?
-Especular
- El futuro, en manos de tanto irresponsable, se ve negro. Algo habrá que hacer.

Se está muy bien en la terraza, pero ha caído la noche y se hace tarde.

- Aunque visto lo visto, ¿qué tal si fundáramos un partido radicalmente opuesto a todos ellos?
-Ni se te ocurra, no sacarías ni un solo escaño.
-¿Y que podemos hacer?
-Nada, o releer 1984, de Orwell. No ayuda pero así sabrás del mal que has de morir.

Cuando me despido del tertuliano la pesadumbre sudorosa de la noche me agobia. Siento una especie de vergüenza ajena por quienes nos dirigen, pero lo que se cierne en mi interior es una profunda impotencia individual. Ya ningún hombre o mujer justo, a titulo personal, puede corregir la deriva del mundo, ni siquiera millones y millones de seres honestos agrupados pueden cambiar nada para bien. El rumbo  de las circunstancias se ha descontrolado, la nave no lleva timonel, y quienes detentan el Poder no saben ni quieren pararla.

-Buenas noches
-Felices comicios de otoño. Nos vemos..



martes, 4 de junio de 2019

La invasión del ocio




Cada vez me apetece menos viajar porque hay demasiados que lo hacen y atiborran sitios lugares y ciudades hasta límites con la obscenidad. Tampoco, y no por falta de fuerzas y estado físico, hace años que dejé de esquiar al darme cuenta que la beatitud de los montes nevados había perdido su virginidad ante las hordas metropolitanas que se disparaban los viernes de invierno por la tarde o en torno a la sagrada Navidad. También dejé de ir al fútbol cuando la deleitación emocionante de ver jugar (y  ganar?) a mi equipo se había convertido en una seña identitaria mucho más allá de lo deportivo. Poco a poco fui renunciando a degustar las excelencias gastronómicas de los restaurantes distinguidos al advertir que tanta martingala al final no es más que un sacacuartos o un cutre aquelarre donde te venden crecepelos infalibles o elixires mágicos, eso sí... siempre los locales a rebosar. 

Lo más `probable, por mi edad, es que haya iniciado un imparable proceso de atrofia neuronal totalmente natural, pero bienvenida sea. No me gustan las muchedumbres ni las tendencias, precisamente lo que ahora se está imponiendo en el orbe del, mal llamado, estado del bienestar. Precisamente no sufro de agorafobia. Cuando hacía el Camino de Santiago, llegando la una o las dos de la tarde en las etapas, era cuando experimentaba vitalmente sus inequívocas señales sobrenaturales, es decir cuando la jauría de guiris y sucedáneos se habían parado a comer según su luterana tradición, y Castilla, ancha como es, quedaba totalmente despejada. Recuerdo un singular pasaje tras remontar a la meseta después de Castrojeriz en el que se divisiva un horizonte infinito vacío de todo elemento vivo, Campos en barbecho, un cielo bíblico, silencio absoluto que ni siquiera mis pasos conseguían romper. Entonces me pellizqué, físicamente, para comprobar que no estaba muerto, que no había sufrido un infarto y que mi cuerpo  yacía en la tierra del Camino rodeado de  caras coloradas de  yanquis y teutones a la espera del 112. Al menos me  quedé con el dato, no comprobado, de que en el otro mundo podía ser la cosa así de parecida, y aunque no era un estado de absoluta felicidad al menos reinaba la soledad y caminabas hacia la eternidad sin encontrarte con turistas por todas partes.

Tengo dudas acerca del diagnóstico exacto del síndrome que padezco, pero una cosa si es cierta: estoy hasta los huevos de turistas y de ser turista.

martes, 16 de abril de 2019

El Hôtel-Dieu y Nôtre Dame





Una agradable tarde de septiembre, hace  cuarenta años, me encontraba sentado en un banco frente a la catedral de Nôtre Dame. Su imponente fachada lo presidía todo, como el mismísimo Dios hecho piedra, hasta el punto de mantenerme embelesado. De pronto uno de mis acompañantes me indicó señalando a mi espalda lo que había detrás: el Hospital Hôtel- Dieu. Allí se alzaba, bajo la divina mirada de la catedral, un sobrio edificio sin filigranas ni fulgores que no era sino uno de los hospitales más antiguos del mundo en funcionamiento. Habían pasado casi mil trescientos años y sin embargo mantenía su compostura y su actividad, una grandeza oculta a la sombra del templo majestuoso que ayer tristemente ardió. Pasé un buen rato contemplándolo y discurriendo acerca de cuantas vidas y cuantas almas habían pasado por sus salas, por sus quirófanos, por sus consultas, y me perdí en una fantasmagórica recreación en el tiempo.  Concluí mi ensoñación con un pensamiento de admiración absoluto mientras los últimos rayos de sol ponían notas a la sinfonía de colores que ofrecía el rosetón de Nôtre Dame. El Sena fluía alrededor de la isla como un abnegado sirviente lavando los pies  de sus señores  mientras las gabarras y el bâteau-mouche vigilaban, en sus idas y venidas,  esos sagrados lugares. La conjunción de lo divino y de lo humano, de la gloria y del dolor, se sumaban en una misteriosa fuerza que  emanaba sigilosamente del lugar hasta ayer, quince de abril. 

Todo se puede interpretar y de muchas formas distintas aunque  hoy solo se admita la evidencia científica, pero en la intimidad de cada ser hay muchas posibilidades de razonar  a gusto propio y librarse de la tiranía de lo materialmente demostrable, Tal vez esa propiedad sea  la única (e inexpugnable)  posesión de toda persona,  y ha sido a su través como he elucubrado sobre la lección de la catástrofe de Nôtre-Dame., una sensible pérdida patrimonial y cultural pero sobre todo  una clamorosa advertencia dirigida a nuestro mundo actual. A mi entender ha ardido un símbolo reconocible de lo espiritual por encima de lo religioso y en sus aledaños la mirada llorosa del hospital  así lo atestigua, 

Los accidentes forman parte del devenir de cualquier elemento tangible, desde los seres vivos hasta los objetos inanimados, pero también del inframundo sobrenatural. El incendio de esta belleza artística es un aviso angustioso sobre el rumbo materialista exclusivo que ha secuestrado de forma universal  a las sociedades que componen nuestro mundo. No se trata, ahora, de hacer apología de la fe religiosa sino de reflexionar muy seriamente acerca de la dimensión espiritual que está siendo erradicada por la concepción utilitarista de la vida y que se ha instalado en el pensamiento general  como alternativa única hacia el futuro. Es, creo yo, un camino equivocado, el mismo error historicista que el de las Iglesias en su afán de monopolizar una única  razón de vivir para todos los fieles. Si el advenimiento de la Ciencia y del progreso tecnológico salvó hace doscientos años al mundo de una deriva autolítica exterminadora ahora se necesita de forma perentoria un fuerte avance en el desarrollo del pensamiento, capaz de incorporar recursos éticos a nuestras vidas de forma paralela a la imparable evolución material.  Esa es la lección ayer aprendida: hospital triste viendo arder el templo.

Toda la simbología religiosa ha ayudado mucho. durante siglos, al mundo, predicando conceptos morales indiscutibles y absolutamente necesarios para estructurar la convivencia social, pero su argumentación pedagógica ya ha declinado, aún manteniéndose impecables sus principios. Es tiempo de volver a creer en esos mismos valores  con otros prismas de entendimiento. Admiro la labor ejemplarizante y filosófica de las religiones que durante miles de años han trabajado por elevar el rango del ser humano más allá de sus primarias voluntades, pero su método ha quedado obsoleto, me lo sugiere  Nôtre Dame: arde el contenido y resiste el continente (aún perdiendo algunas partes),  A su lado, como un fiel compañero, resiste el Hôtel-Dieu. Ambos deben seguir juntos.

martes, 26 de marzo de 2019

Pepe Molina Aldana




La foto corresponde a una intervención llevada a cabo por su padre, el Dr. José Molina Orosa, aquel gran personaje inmortalizado para siempre como hijo preclaro de la isla de Lanzarote, con calle a su nombre y escultura incluidas.  Pero a quien yo conocí fue a su hijo, José Molina Aldana, también cirujano, también oriundo de Arrecife, también hombre irrepetible donde los haya aún sin  los laureles egregios de su progenitor. Fue Pepe,  Pepe Molina, uno de los seres más asequibles con los que dado en mi vida profesional, cualidad bastante escasa, y por tanto preciosa, entre los médicos.  Lejos de los oropeles oficiales y de la insigne biografía paterna su gloria (distinta y peculiar) está en mi memoria. Me quedé con las ganas de darle un fuerte abrazo de despedida cuando abandoné Lanzarote en 1987 y, tal vez por ello,  por esa deuda impagada hoy me he puesto a recordarlo.

Después de más de treinta años como único cirujano de la isla se quedó como jefe de cupo quirúrgico, fuera de la estructura orgánica hospitalaria, obviando así una carga innecesaria y farragosa en las `postrimerías de su ejercicio profesional. Treinta años de soledad son muchos años para un médico al servicio de la comunidad y, sobre todo, disipan cualquier atisbo de fútiles prosperidades dentro del sistema sanitario de la Administración. Eligió bien el rumbo por donde aterrizar después de un larguísimo vuelo cuajado de aventuras y tomó tierra suavemente en las sosegadas consultas de aquel tiempo, Ese caché que otorgan las vicisitudes repetidas le sirvió de mucho para renunciar sin sufrimiento al mando de un Servicio, y cuando le conocí, de inmediato, me percaté de estar ante un hombre feliz. Por siempre envidiaré ese rasgo tan evidente y contagioso que mostraba de disfrutar  sus circunstancias aunque supuestamente había quedado relegado en última instancia del merecido premio. Era así, y todo ello lo catalizaba con humor y chispa inteligente.

A la gente brillante se la conoce antes por una sonrisa que por sus palabras, y  de esa clase era Pepe. Tenia un porte señorial que irradiaba, sin parafernalias, unos gustos refinados. Estaba en muy buena posición económica, y había dado con la clave para gozar del  soplo divino que otorga el éxito de su trabajo en durísimas condiciones y de lo humano, cuando se nace con la virtud de saber divertirse. Los testimonios de gente que había colaborado con él así lo refrendaban.

  
     -Cuando le localizábamos, en la playa del Reducto, o en el club Naútico, o en el puerto volviendo de hacer esquí acuático, mandábamos un taxi y lo traíamos al hospital -me relataba un viejo celador de su tiempo-. Alguna vez que otra le tenía que meter en la ducha para "despejarlo" , hacerle un café, y... a operar.


La grandeza de su vida fue precisamente  no tomársela con excesivo rigor. Así pudo resistir tantos años de aislamiento y resolver miles de casos mayoritariamente con éxito. Lanzarote era una tierra olvidada por entonces que casi solo constaba en los mapas, un planeta lejano del que apenas se sabia, por donde pocos pasaban, y quienes vivían allí tenían asumido el implacable orden natural como un designio inexorable. Contar con Pepe como cirujano había obrado un cambio profundo en su devenir,  todo un milagro: salvar las vidas que hasta entonces eran segadas por una apendicitis, una perforación duodenal, o una hernia estrangulada. Nunca se le reconocerá lo suficiente y el tiempo, sin remedio, irá erosionando el recuerdo hasta hacerlo desaparecer, tal y como ha sucedido con miles de millones de gentes, anónimas y solidarias, durante miles y miles de años.

Su afición a los coches deportivos y a los viajes añadían un toque exquisito a su glamour personal, pero sobre todo una genuina ironía, que entre sonrisas transmitía, le hacían encantador, No creo que fuera rencoroso pero si finamente, muy finamente, crítico. Al referirse a quien había sido nombrado jefe de Servicio, un personaje nada encomiable que a la sazón era entonces mi jefe, Pepe  me confesó en un bar cercano al hospital que a ese local  su oponente nunca entraría. Muy extrañado le pregunté el por qué, y con media sonrisa me señaló un cartel escrito a mano y en mayúsculas que colgaba de la puerta como especialidad gastronómica: "SE ASAN PATAS DE CERDO".

Pepe.





miércoles, 6 de marzo de 2019

8 de marzo






Hoy toca superar los arcaicismos, sin duda, que discriminan a la mujer respecto al hombre, y de la ruta que se escoja dependerá el éxito de su logro. Los agravios, las desigualdades, y toda suerte de perjuicios ocasionados son  una evidencia que  clama justicia en pleno siglo XXI y cuyos orígenes, lejanísimos, hay que analizar. En el primitivismo las funciones sociales se establecieron como adaptación natural al medio en una prolongación similar a la de numerosas especies animales. Por suerte, o no, la Naturaleza ha permanecido casi invariable durante millones de años y en ese aspecto  nos sirve de referencia cada vez que contemplamos su comportamiento. Así  pues, por entonces, los roles cotidianos y el perfil global del ciclo vital de los "Sapiens" quedó establecido en el binomio Fuerza+Cuidados, única opción posible en aquel entorno hostil para sobrevivir y reproducirse. A grandes rasgos y de forma primigenia esos fueron  los principios familiares de las parejas en tiempos remotos, Como cualquier adquisición evolutiva viable para el mantenimiento y la continuidad de la especie, el modelo  quedó fuertemente anclado al aparato genético determinando su conducta. La aparición del pensamiento racional, más adelante, apenas modificó  la estrategia original, si bien fue especificando de forma paulatina las características inherentes a cada sexo. Después de miles de años persiste dicha dinámica ancestral pero ha empezado a cuestionarse, lo cual también supone un hecho natural relevante que debe mutar hacia la mejor opción , no de cualquier forma. Y lo hará.


 Partiendo de otro escenario, el mundo actual  -bien distinto al de las cavernas-, en el que el imperio de lo cerebral (no siempre lo inteligente) ahora predomina sobre la fuerza física merced a los conocimientos y sus aplicaciones, las cosas han dado un giro drástico,. En este sentido ya  se ha traspasado la frontera de la supremacía masculina y es la mujer quien, conservando las funciones propias y ancestrales a las que había sido relegada, sigue poseyendo la maternidad (en términos estrictamente biológicos) como valor añadido para superar al hombre, aunque haya que puntualizar que la Ciencia, a no tardar mucho, posibilitará a los varones tener descendencia sin su concurso, pero ello , en conjunto, solo confirma la posibilidad replicativa de la especie, sin otorgar una ventaja renovada a los hombres . No es solo eso, por supuesto, ya que ella también ha incorporado el caudal de su sensibilidad, acuñado desde la Antigüedad tribal, como  cualidad poderosa con capacidad de transformar el pensamiento y las relaciones humanas, un hecho de máxima trascendencia evolutiva que ha activado su ascenso intelectual de forma imparable.  También los logros en el empoderamiento de su libertad sexual, cuyo despertar temían desde siempre las principales religiones, han aportado claras muestras de avance como colectivo, haciendo de un tópico segregacionista (y tildado de vergonzoso por las sociedades clásicas) un arma eficaz en sus reivindicaciones. Inmersas en estos importantes cambios, no obstante, persiste sobre ellas una notoria desigualdad, no como un arcaico vestigio sino como una cruda y extensa realidad que todos deberíamos reprobar. Aunque el mundo occidental no es el mejor ejemplo de tales discriminaciones  es precisamente donde con voz más alta se está denunciando el hecho y las razones no son otras que su marco de libertad y democracia.

A mi juicio este proceso de equidad y justicia no debería emprenderse como una batalla sino como un reto para la Humanidad del que todos saliéramos victoriosos. En primer lugar habría que apelar al compromiso ético en avanzar hacia el objetivo sin instrumentalización de venganza y sin determinismos políticos. La igualdad de derechos fundamenta la pureza de una democracia sana y todo menosprecio, hostilidad, o injusticia contra cualquier ser humano no tiene cabida  en la pacifica convivencia y en el respeto al prójimo como valor supremo. No hay más que aplicar los códigos de buenos sentimientos y plasmar su autenticidad en las normas que rigen nuestra sociedad, pero también en todos y cada uno de nuestros actos cotidianos de relación. Superar  el mundo encadenado a la voluntad, como dice Schopenhauer, es difícil, en tanto que sigue el dictado de todo tipo de egoísmos, pero no es imposible. En segundo lugar hay que entender, sin perder la calma, las muestras de reivindicación como un legítimo derecho de las mujeres, como parte de los mecanismos históricamente necesarios, y enfatizar en que su repulsa sectaria como adversarias solo conduce a la beligerancia indefinida. Por último  la consecución real  de sus aspiraciones,  si es obra conciliatoria de ambos sexos, puede convertirse en un decisivo paso para el devenir del planeta. Intuyo que no estamos ante un fenómeno de masas esporádico sino más bien ante un peldaño evolutivo trascendental.

No equivoquemos el camino. Sin vencedoras ni vencidos


lunes, 18 de febrero de 2019

El permiso

Resultado de imagen de edificio seminario zaragoza
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Me dirijo  a las dependencias de Urbanismo para obtener un permiso de obra menor, a adquirir algo, a comprar.  Atravieso el control de seguridad y pregunto. Me indican una puerta y allí guardo una pequeña cola. La funcionaria no me tramita el permiso, me entrega tres impresos ("para que le hagan la valoración") y me indica otra puerta, al otro lado del oceánico hall. Entro y saco número de turno. Relleno los impresos con la suerte de llevar un bolígrafo encima. Me siento y aguardo. Pasan los minutos y por fin me toca a mí. Otra funcionaria, por fin, gestiona el trámite. Me pide los documentos, uno a uno, y comienza, torpemente, a introducir en el ordenador  los datos manuscritos que he consignado con pausas operativas (será lo lento que va hoy, o siempre, o ella). Finaliza sus actuaciones y entonces estampa tres sellos. Suspiro, pero el asunto no ha terminado, Me remite al pago, en caja, en otra puerta, saliendo a la derecha. La sección, esa si, está perfectamente identificada; CAJA, siendo además la única que luce rótulo. Vuelvo a sacar número, y vuelvo a sentarme. Me toca. Entrego los papeles timbrados, 34,60 €. Pago con tarjeta, inmediato. El administrativo pone otro sello y  estampa una firma ilegible ( trazos dignos de estudio psiquiátrico). Pero el periplo no ha concluido. Debo acudir al punto de partida, a la primera puerta. De nuevo mi vieja conocida recoge la documentación y me da otro número de turno. Ya han pasado 47 minutos (¿y qué son  47 minutos en la vida de un ser humano?). Trato de relajarme y pensar en cosas bonitas, pero nada positivo acude a mi mente esa mañana de invierno. Un sin fin de puestos de oficina, equipados y silenciosos, se encuentran frente a mí. Llevo el A046, un dato que no ofrece pistas de espacio-tiempo. Curioseo el móvil. consulto los titulares, y me percato de que casi todos, los que esperamos, hacemos lo mismo. Empiezan a levantarse de sus puestos algunos funcionarios (debe ser la hora del desayuno reglamentario, indiscutible, innegociable, la gran conquista del legado eterno de Sacco y Vanzetti) Ya me he leído los titulares y un artículo de fondo. Una hora y diecisiete minutos cuando anuncian mi turno. Esta vez me atiende una señora o señorita joven pero igualmente torpe con el ordenador que teclea con los índices, sobre todo con el derecho. El evento bien podría haber inspirado la novela de Milan Kundera: La lentitud. Imprime varios folios, vuelve a imprimirlos y  por fin, por fin, pone otros dos sellos. Sin comunicación verbal me los entrega y escuetamente dice: seis meses. ¿Cómo?.  Que tiene seis meses para ejecutar la obra. 
Recupero el aliento.

Salgo a la niebla de la calle. Una hora treinta y tres minutos. Todo un record para la Era digital en la que vivimos. Habrá que consolarse al entender que se trata del concepto aplicado de redistribución social de la riqueza, tan en boga y tan presupuestado. ¿Qué sería, si no, de esos probos funcionarios? ¿ Cómo y con qué se ganarían la vida?. Una vergüenza. 

Doy gracias al Cielo por no tener que seguir los mismos trámites para adquirir  un billete de avión o un recambio de la Rumba por Amazon. ¿Hasta cuando esta burla morbosa de las Instituciones Públicas hacia los ciudadanos? 
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miércoles, 13 de febrero de 2019

Verano de 1975




Trato de conciliar aquel verano de 1975 pero me resulta imposible, cuando me llevaron a Madrid para cumplir el segundo ciclo del Servicio Militar. Probablemente fue una de mis circunstancias vitales más inéditas y perturbadoras de cuantas me han ocurrido, aunque no la peor. Yo debía estar, salvo por ese imperativo legal de mozo español, disfrutando de las bucólicas montañas que orillaban la frontera francesa entre paisajes románticos y verdecidos, pero la llamada de la Patria impuso inefablemente su mandato. Allí, en ese enclave de Naturaleza privilegiada, por entonces no se notaba la disidencia independentista, o al menos no se expresaba a cara descubierta y en los términos avasalladores actuales Era otro tiempo más silencioso en el que las hegemonías estaban concentradas muy lejos de esos pagos, precisamente en el sitio al que, el Ejército, me había destinado,

Después de un larguísimo y sofocante viaje en tren llegamos a Chamartín, ataviados de uniforme y cargando con el petate. Todo estaba organizado, eso sí, con tosquedad. Formamos en columna de a dos en el andén y de allí, a paso maniobra, nos hicieron subir en unos GMC descapotados, A mi se me antojó que aquello debía ser la misma sensación que experimentan las reses en su viaje al matadero, aunque nuestro destino era otro.  Cuando los cochambrosos camiones se pusieron en marcha, en riguroso convoy militar, comencé a observar con mucha sorpresa todo cuanto aparecía ante mis ojos ya que era la primera vez que veía Madrid. La noche era tórrida y los paseos y calles estaban abarrotados de gente sudorosa que aplacaba la sed en los veladores. La luz del crepúsculo llenaba de añiles el cielo de poniente satinando con sus reflejos los altos edificios y las copas de los frondosos árboles en la vía pública. Todo era nuevo para mí, dolorosamente desconocido pero solo hasta cierto punto, porque al fin comprobaba "in situ" la existencia y esencia de esa metrópolis tantas y tantas veces  referenciada y omnipresente.


Alcé  la vista y columbré lujosos áticos con terraza, iluminados y concurridos. Ricos. Muchos ricos. Había muchos ricos en aquel oasis meseteño que parecía tener de todo y más, hasta soldados de reemplazo servidores y patriotas. ¿Patriotas? Dejemoslo  en  reclutados. Estaba transitando la fortaleza del Poder Nacional que se me aparecía como un enclave hostil e inexpugnable, cuajado de una pléyade de elementos conspicuos y amenazantes  Miles, o algún que otro millón de almas, agazapados a la sombra de un árbol gigantesco que tocaba el cielo carmesí en aquella noche de verano. Ni mas ni menos había llegado, o mejor...me habían llevado forzosamente, al corazón mismo de la autoridad. ¡Cuan distinto olía ese aire oficial del de las plazas y calles de mi ciudad, de la dársena del puerto, o del Parque Güell!

He conocido, posteriormente, muchas capitales y debo reconocer que todas ellas, como rasgo en común, tienen un aire chulesco. Madrid, en ese sentido, no es muy distinto a Roma, Paris, o Viena. Tal vez, aquellas circunstancias de 1975 fueran muy especiales, concedido, pero debo afirmar que  esa noche sentí todo el influjo agobiante de una supremacía construida en derredor de que quien manda y firma, Al final surge siempre el mismo dilema: quien no sabe compartir acaba siendo asediado, y actualmente todo apunta que además será usurpado.

Ad neminem bona mens venit, quam mala. (A nadie le llegan las buenas intenciones antes que las malas) . Séneca.

sábado, 26 de enero de 2019

Panorama estadístico








A estas alturas de la vida puedo medir mi estado holístico por el número de colillas en mis ceniceros y los posos de vino en mis copas, y resulta que es un método altamente significativo. Son parámetros de elevada sensibilidad y especificidad, considerando que la primera predice su exactitud en  detectar positivos y la segunda en detectar negativos. La estadística juega con estas cartas su papel que desde siempre  se nos ha antojado cómo el único método válido de evidencia pero que nunca nos ha servido para confirmar o descartar nuestro caso concreto y personal, es decir... que no es la bola de cristal de un adivino. Sin embargo, en mis observaciones tabáquicas y alcohólicas, he hallado un nuevo rango de predicción: cuando el número de colillas y el de posos de vino se mantiene constante día tras día el  nivel de aburrimiento se sitúa en el valor más alto y el de felicidad en el más bajo cuya combinación garantiza una estabilidad fisiológica en lo emocional (analgesia por abulia) y posibilita la lentitud del tiempo en su globalidad (eternidad relativa). Todo ello lo experimento con cierta resignación habida cuenta de que una vez que el ser humano  ha sido apartado definitivamente de su leit motiv vital  su significación no es a otra que todo lo sustancial ha terminado y nada consistente le aguarda. Dicho de otra forma...quedan los minutos de la basura (usando argot futbolístico -cuando el tiempo añadido a un encuentro no puede modificar el resultado ni sirve para nada-), 

Pero volviendo  a la estadística  me hago las siguientes reflexiones, veamos.Si un día comprobase que el valor de los parámetros (colillas y posos) aumenta considerablemente entonces mi expectativa vital  cambiaría radicalmente y sería cuestión de poco tiempo el fin de mi ciclo biológico. Si por el contrario disminuyese de forma notable significaría, de facto, que ya estoy gravemente enfermo y  que mi esperanza de vida iba  a ser mínima. Corolario: la máxima supervivencia solo puede inferirse  manteniendo siempre constante el valor numérico de colillas y posos de vino.

Háganme caso, cuando el tedio llega a nuestra vida no modifiquen sus hábitos tóxicos ya que, por reducción al absurdo, es el único indicador fiable de sobrevida, aunque no sirva para cuantificar el dato exacto de su duración, máxime cuando los hábitos verdaderamente saludables han desaparecido de nuestra vida cotidiana por imperativo legal  y/o  hormonal.

viernes, 11 de enero de 2019

959



Supongo que el descomunal peso del tiempo puede con todo, y con todos, muy a pesar de que los  recuerdos le hagan frente en una desigual batalla. Eso sentí mientras  guardaba silencio ante el 959 en la fría pero soleada mañana de un día de enero. Mis esfuerzos por destapar el tarro de las mejores nostalgias apremiaban, pero me estaba costando demasiado y esa torpeza no hacía sino agravar las circunstancias. En ese tránsito al pasado un inexpugnable presente se interponía provisto de cruda y sosa realidad. El ayer aún existía pero se encontraba prisionero dentro de la íntangible botella de los recuerdos, imposible de descorchar, imposible de escanciar. Todo se había llenado de inexistencia para siempre y para poner letra a la triste música de lo imposible. Canciones de  desesperanza que todos tarareamos varias veces en nuestra vida.

Esa mañana se había borrado todo vestigio de romanticismo, de toda filigrana sentimental, y solo reinaba el adusto mandato del presente, Ningún atisbo de felicidad, ni siquiera de tímida misericordia frente a la horrenda vacuidad de quienes esperan la hora de la resurrección, como reza la inscripción cincelada en el frontispicio del recinto. Los muertos no esperan porque no tienen noción del tiempo, quienes esperamos somos los vivos pero solo mientras podemos esconder nuestra finitud,

En verdad allí nada había cambiado, todo estaba como siempre y para siempre, ni siquiera  el trasiego de entradas, diario y sucesivo, imponían cambios en la morada de la nada. Jamás sería distinto, ni aún cuando las máquinas de demolición, algún día, allanaren el terreno para construir un gran centro comercial en el futuro más remoto que uno sea capaz de imaginar, ni aún cuando nadie pueda ya constatar de que allí hubo un dormitorio colectivo para el sueño eterno, ni aún entonces nada habrá cambiado.  La nada nunca cambia.