martes, 21 de abril de 2020

Carta al presidente de la Nación



Señor Pedro Sánchez,


No hay más que verle, en sus sobreactuadas declaraciones institucionales, para descubrir que adora la mentira y la falsedad en las que refugiarse de toda su ineptitud. Si que es consciente de la difícil papeleta que le he tocado gestionar, cuya envergadura le supera a todas luces, y es por ello que ahora nos amenaza oscuramente con represalias a la información, algo muy propio de todo dictador empeñado en su poltrona con febril obsesión. No debe ser usted un tipo de lágrima fácil, ni siquiera de los que hacen examen de conciencia al menos una vez al año, en peligro de muerte, o si se ha de comulgar, y por ello , a todos nos preocupa, Con un país en manos de un político asentimental, que ni siquiera guarda luto oficial por los fallecidos en esta guerra que usted si pudo, y debió, contener en su momento,  la incertidumbre nos invade y la rabia nos enerva. Debería dar un paso al lado, y permitir que sea relevado por quien tenga mejores maneras y sobre todo mejores ideas para salir de este naufragio. Incluso en su propio partido estoy convencido de que hay gente capaz para ello. Resulta indispensable, en todo momento difícil, actuar al menos con honestidad, algo de lo que usted carece. Ese regodeo morboso y recurrente en sus esquizoides contradicciones, que viene de atrás, ahora se ha convertido en una trágica circunstancia, en una emergencia terrible con más de 20.000 muertos, y le ha puesto en un brete muy complicado, pero usted sigue tirando de indolencia y lo ignora, nos ignora a todos. Solo piensa en las argucias para mantener el Poder, y mantenerse, en su elevado puesto, despreciando todo el dolor de tantas familias, la desmoralización de miles y miles de sanitarios ante la impotencia de salvar las vidas de muchos enfermos, el caos económico que nos aboca a la miseria, el durísimo trabajo de todos cuantos posibilitan que sigamos vivos, y la profunda herida en nuestra dignidad personal y colectiva. No nos merecemos tanto daño, señor Sánchez.


Atendiendo a la realidad, no es usted el único culpable de esta tragedia, pero si un cómplice necesario. Hay algo apocalíptico en este proceso, es innegable, porque la consistencia de los datos generales de esta pandemia así lo expresan. Somos los más castigados, con la mayor tasa de mortalidad por millón de habitantes, eso no ha podido silenciarlo. La Administración Pública bajo su mando ha demostrado una de las más vergonzosas ineficiencias en la gestión de recursos y aprovisionamientos, esa decimonónica Institución contaminada por un ostracismo de vieja fecha, que sus mentiras electorales y soflamas de cambio no han conseguido adecentar. Usted, desde que fue elegido presidente, se ha instalado en la torpeza de la egolatría desde donde presenciar los juegos perversos que le ha propuesto su propio gabinete y sus socios de gobierno, como un César de medio pelo moviendo el pulgar, arriba o abajo, ante los lances de leones y gladiadores. 


 Me ruborizo profundamente por tanta insolencia, señor Sánchez, y aunque a través de sus secuaces me aplique medidas coercitivas, le digo:  váyase y no vuelva.


viernes, 10 de abril de 2020

Lecciones de la pandemia

En esta crisis sanitaria no estamos aprendiendo nada (que module nuestras actitudes), ni reflexionando siquiera sobre los errores que, en el día a día, llevamos cometiendo desde hace décadas. A mi no me extraña nada, y enseguida explicaré porqué. El panorama que aparece, cuando  me asomo al balcón, es el de una sociedad desnuda, incapaz de tapar sus vergüenzas, con sus calles vacías (solo por miedo, y no por convicción sanitaria) tan solo transitada por unos pocos listillos que deciden echarse a la vía pública con la excusa de comprar una lata de sardinas y algunos paseantes de perros. Pertrechados con variopintas mascarillas, los que aún caminan en medio de esa distópica soledad, me aclaran lo tontos que hemos llegado a ser y lo desvalidos y rehenes del Poder en que nos hemos convertido. Veamos. Una mascarilla, de las que se llevan en este carnaval y que no son de tipo FPP, no te protege de agentes nanométricos, como es el caso de los virus.  Queda claro que inspiramos aire, ¿sí?, bien.  El cononavirus  mide 120 nanometros,  un nanómetro es 10 elevado a la -8 potencia de un metro (la mil millonésima parte de un metro). y expresado en micras: 0,1 micras. Así que el nuevo look de nuestros conciudadanos es solo atrezzo, lejísimos de un filtro absoluto, y parece que, simple y llanamente, nos hemos encomendado a la Virgen de la Mascarilla. Eso si, no inspiraremos polen (cuyas partículas son susceptibles de ser retenidas por las recientes creaciones de las modistas ociosas y los manufactureros del papel de cocina), y propongo que, para siempre, de febrero a julio, todos llevemos burka (mira por dónde) y con ello evitemos la gran patología asmática, que en mayor o menor grado a todos nos afecta y causa elevados costes sanitarios. Desoladora tanta ignorancia que por cierto, no es bendita inocencia ni viene de Dios, sino del Gobierno actual que nos apacienta. Todo muy lamentable.

Pero volvamos al principio, y retomemos el alma de la cuestión, cuya eventual enseñanza en esta pandemia , en efecto sera eventual (la enseñanza) y no dejará apenas poso No seremos capaces de tomar medidas profundas en nuestras formas de vida y volveremos, cuando las circunstancias y nuestros bolsillos nos lo permitan, a lo de siempre: al estilo guarridondo nacional, sin lavado de manos frecuente (observado hasta en los lavabos de las salas VIP después de mear y/o cagar, por ejemplo, y hasta en los hospitales de la maravillosa sanidad Pública después de palpar  barrigas) y al estilo manirroto en la adquisición de fruslerías, de ropa de temporada(al principio, en medio, y al acabar la temporada, primavera, verano, otoño, e invierno), drogas, alcohol, sexo de pago, rock and roll, fúrtbol, móviles de última generación donde guardar otros miles de fotos más,  cuentas elevadas  en restaurantes especialistas en comida/diseño para tontos, comandas de vino peleón firmado por alquimistas fracasados de la industria química, medicamentos para lo que sea ( sin importar estar sano), gimnasios claustrofóbicos para sudar y alimentar la libido pansexual, cirugía de la belleza para realzar todas las partes blandas, coches eléctricos para huir, sin hacer ruido, a la segunda residencia en caso de nueva pandemia, ollas de baja temperatura y de media temperatura y de alta temperatura, cortadores de fiambres, robots de cocina, robots domésticos, Robocops, volveremos a los robos, estafas, asesinatos, embargos, violaciones grupales e individuales, safaris, viajes del IMSERSO, viajes a ninguna parte,  tecnología 5G, 6G..7G,...87G. Y después de todo, ¿ hay alguien tan tonto que aún crea que solo votando a la casta mafiosa  cada cuatro años vamos a cambiar las cosas? ¿Todavía nadie se explica porqué ha llegado este virus para confinarnos?  Pero hay una solución,

 Bastaría con dedicarse al trabajo que mejor sepa hacer cada uno, y al concluir sentarse a charlar con compañeros o amigos, y saborear una taza de café o una sencilla copa de vino, unirse a ellos en cuerpo y alma (sin whatsapp), prepararse unas buenas lentejas estofadas, caminar sin prisa por los caminos, conocer gente, hablar de sueños, leer (lo editado antes de 1960), contemplar el arte más cercano (pero a fondo), entretenernos con nuestras habilidades (huir un rato a otros mundos volando con las alas de nuestras manos), adornarse la casa por dentro, poner unas flores en la mesa, echar un buen polvo (calidad sobre cantidad), tomar el sol, ayudar a los que reclaman ayuda, cuidar de las plantas, dialogar con nuestro perro, escuchar música, y sobre todo pensar, sin condicionamientos, libremente, en el dominio de nuestro último bastión.

Ahí, por hoy, lo dejo.

domingo, 5 de abril de 2020

AUTE, dep



Me he vuelto a extraviar en el dédalo de mi adolescencia, para acabar perdido bajo la sombra de aquellos algarrobos  de Cala Llonga. ¡Qué penosa orientación la mía! Muy cerca de la playa, a escasos veinte metros, me hacen una pregunta. De eso hace, nada menos, que cincuenta y tres años.

-¿Aute o Serrat?

Mi curioso interlocutor, que también es compañero en la tórrida tienda de campaña, tiene esas salidas repentinas, de vez en cuando, atildando su voz pija.

-Pues, no sé. ambos me gustan. 

La brisa ardiente de las cuatro y media de la tarde, en Ibiza, a finales de julio, se lleva mi respuesta hacia el ruidoso pinar de las chicharras.

-Yo prefiero a Aute. Serrat es un "sensibilero"

El repipi  ya ha tomado partido, con solo catorce años. Yo no, ni después, ni nunca. Mala cosa eso de la ponderación, para medrar y escalar los escarpados picos del Poder, por mucho que sirva para dormir tranquilo todas las noches de una vida .Parece que, a juicio del futuro presidente del Senado en 2019, los "sensibileros" caminan detrás de los nobles hidalgos de casta, como escuderos de a pie, mucho mas duchos en bucólicas  baladas que en el arte de manejar la espada, en este caso una espada de plástico que a nadie intimida,

Aute  ha sido un genuino pijoprogre, un icono finalmente derrumbado por la mala salud, que tuvo su tiempo y su momento de gloria. Más allá de una armoniosa voz, tal vez demasiado trovadora, jugó a subvertir, pero cuerpo a tierra en la trinchera, protegiéndose de todo mal.  Dicho sea de paso, todos estos, incluido mi pedante compañero de colonias, han gozado, y no sufrido , de la inspiración torticera que un dictador viejo y enfermo les ha procurado, entonando un mantra conventual para expulsar al demonio con piadosas letanías. Poco más, porque esos dibujos y pinturas, sin los millones de discos vendidos, ni siquiera se subastarían, hoy, en e-bay. Puede que me esté excediendo, y pido disculpas al propio Aute, quien acaba de dejarnos... pero que quieren que les diga...que prefiero los versos demoledores de otros insignes hombre de izquierdas. Machado y Miguel Hernández....cantados por el descartado "sensibilero". Esos si fueron unos valientes.

Y ahora el mar se vuelve azul turquesa, rizándose con pequeñas crestas blancas. Luego se amansará, cuando el sol se oculte del todo, y en esa penumbra deliciosa nos zambulliremos en la calma encantada de sus aguas. Hace cincuenta y tres años allí estábamos, gozando de una arcadia que tan solo compartíamos con un solitario ingles que se sentaba en las primeras rocas, y escribía algo en un cuaderno titulado con unas iniciales, D. G., y dos palabras en ingles: THE WALL. 

Ibiza 1966.



lunes, 16 de marzo de 2020

CORONAVIRUS


Estado de alarma, y todo eso, confinamiento, aburrimiento, miedo, tristeza. Ya se sabe. La lección no tendría que ser solo virológica, sino de reflexión individual y colectiva. Pero, ya verán como todo esto, cuando pase, se quedará en nada, es decir, que no dejará ningún poso en el acervo social. Somos así, al menos en nuestro país. Ahora recuerdo una mañana lluviosa, hace años, en que volvía a casa por carretera y, de pronto, había un accidente muy grave. Un choque frontal, dos muertos. Nos tuvieron una hora parados, hasta que excarcelaron los cadáveres, y cuando se restableció la circulación , pasamos a marcha lenta por el lugar de los hechos, donde yacían, en el arcén, los dos cuerpos tapados. Era sobrecogedor. A menos de un kilómetro, el ritmo de la circulación volvió a ser normal, pero justo al llegar a un tramo de línea continua, un vehículo de alta gama me adelantó a gran velocidad, pisando  la raya y dando un volantazo  espeluznante. Poco había durado la enseñanza. Nada. Los incorregibles de la transgresión no se afectan por las evidencias. Ellos van a su aire, sin miramientos, abusando y conculcando las libertades de todos, y poniéndonos en riesgo. Son seres despreciables que desprecian a los demás, Tras esta pandemia volverá a reeditarse la malsana conducta: la de nunca aprender de los errores.

Es error el mundo globalizado, la delirante carrera material, y materialista, el desaprensivo progreso que solo nos entrega sus migajas  hundiéndonos en una dependencia que ya es alarmante. Es error la abolición del pensamiento espiritual (no digo religioso) en aras de una frenética consigna  carpe diem, extinguiendo el futuro y menospreciando el pasado. Es error construir un mundo artificial para que solo unos pocos, en occidente, disfrutemos de sus pompas. Es error  adorar al dinero como el único y salvífico culto que conduce a la ¿vida eterna?. Es error tanta fruslería. Y es error que esa inmensidad de chinos, explotados en sus fábricas por dueños de pasado comunista y presente nacionalsocialista,  nos provean de todo tipo de artilugios para disfrutar del sadomasoquismo maquinal que tanto placer pervertido nos produce.

Revertir, hasta un estado de cordura colectiva,  toda esta vorágine actual de dinero-tiempo , se me antoja imposible. No creo en los grandes consensos políticos, y mucho menos en las amenazas bélicas para  reorganizar el orden mundial. Soy lo que se dice una gota de agua en el océano, y un escéptico empedernido por definición, pero si hay algo que podemos hacer, sin ninguna traba (por ahora), es... pensar. Entornemos la puerta mediática, la del móvil, la tele, la radio, la prensa, e Internet, sin cerrarla del todo, y dediquémonos, simplemente, a pensar, Estos días son un buen momento para empezar con ello.

jueves, 20 de febrero de 2020

Eutanasia

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Vuelve la batalla de la eutanasia a la escena política y  yo me lleno de estupefacción, como no puede ser de otra manera, El envite, además de carroñero por parte ambos bandos, es tan estéril como decepcionante, es una inmensa falta de respeto  hacia los seres humanos, porque quienes conocemos muy de cerca las circunstancias terminales de la vida de los enfermos nunca le daríamos un trato tan despiadado a la cuestión. Si lo que pretenden es notoriedad a costa del extremo sufrimiento de las personas les auguro  un fracaso sonado pero, si se trata de un ejercicio más en la privación de nuestras libertades individuales, tendremos que tomar medidas extraordinarias. Basta ya con la patológica obsesión de manipular la intimidad de los ciudadanos, de abusar del poder, de creerse los dueños y señores de la sociedad. O bajan ustedes a la palmaria arena de la realidad o les bajaremos sin contemplaciones. La eutanasia es un acto humanitario, libre e individual, en el que ustedes no tienen nada que legislar ni siquiera nada que decir como estamento. Váyanse a paseo con sus trifulcas barriobajeras que tanta vergüenza nos dan, y sigan peleando por las monedas del botín. A ver si se enteran, la eutanasia se ha practicado, se practica y se practicará, bajo los criterios mas solidarios en el socorro al sufrimiento extremo, pero no metan sus hediondas manos en las decisiones soberanas de las gentes. Hasta ahí podíamos llegar.

La eutanasia nada tiene que ver con el meapilismo de un sector de la derecha ni con la avidez por eliminar a los inválidos de otro sector de la izquierda. Somos muchos los que no adoramos las agonías en la cruz o en una silla de ruedas y que tampoco aplaudimos las ejecuciones en masa como hacía Simone de Beauvoir (conocida pederasta) intelectualmente, o Pol Pot pistola en mano (un millón y medio de camboyanos). Por encima de tanta crueldad moral y física, en ambos bandos, está el amor al prójimo, libre de injerencias religiosas y políticas, el único valor que todos los usurpadores todavía no pueden destruir. Los que en algunas ocasiones hemos practicado la eutanasia, y sabemos de muchos casos más,  tan solo sentimos la  noción del deber cumplido en la atención de una situación  irreversible, sin ensoñaciones. Prolongar vidas que el dolor conduce a la desesperación me parece el más execrable crimen impune, y mantener por un tiempo indefinido a un cuerpo deshabitado, con sedación y ventilación asistida, una siniestra pompa de indignidad . Seamos sensatos.
Señores diputados, necrófilos o torturadores, ¡váyanse al infierno!

martes, 18 de febrero de 2020

Antonio Sitges, "Si puede, no vaya al médico"

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Mi excompañero de Facultad (aunque de un curso anterior  al mío) en la Autónoma de Barcelona ha escrito un libro que todos deberían leer, sobre todo los médicos, y aunque se trata de literatura divulgativa encierra  en sus páginas  las claves de una grave amenaza contra la ciudadanía: el oscuro negocio de la salud. Nada más y nada menos. Basado en evidencias científicas, refrendado por bibliografía selecta ( no seleccionada),  la obra va desgranando todas y cada una de las imposturas, corrupciones, y conflictos de intereses hasta límites demoledores. No es sensacionalismo, es un informe extenso y claro del estado de dicha delincuencia contra lesa humanidad, contra millones y millones de pacientes. Con un estilo ágil y nada farragoso  va entrando en la poliédrica trama que  comercia con nuestra salud, ya que no se limita a denunciar a las multinacionales farmacéuticas con sus inmisericordes atentados contra la vida de los consumidores de medicación prescrita, sino que va muchos pasos más allá. En cada línea, a titulo personal, me he reconocido, y diría exactamente lo mismo que él aunque, probablemente, sin sus exquisitas formas narrativas.

Antonio Sitges y yo tenemos en común una época, una Facultad, e incluso una especialidad quirúrgica y el gusto por la cirugía endocrina. Fue un chico contestario  que recibió un porrazo de los "grises" en la cabeza, pero sobre todo fue un estudiante empeñado en continuar la excelencia quirúrgica de su padre (uno de los grandes cirujanos barceloneses de aquellos tiempos) con otra suerte de dedicación, más científica, más humana, y sobre todo más filosófica. No le describo como un retórico académico alejado de los quirófanos. No. Ha sido, y es, un brillante  experto que ha operado miles de casos y ha sabido conjugar las más sofisticadas aplicaciones técnicas con un modo de entender la profesión en su dimensión intelectual. Decía Don Ramón Trías Rubíes, uno de mis maestros quirúrgicos, que el cirujano ideal no era el poseedor de un exhaustivo conocimiento teórico ni tampoco el habilidoso "practicón", sino el cirujano pensante. En ese arquetipo encaja Antonio Sitges.

Volviendo al libro, llama poderosamente la atención el desparpajo con el que se enfrenta a los tabúes intocables que rigen y gobiernan el estado de opinión del ámbito sanitario, como hace una crítica sustentada por resultados de alta fiabilidad para desmontar los paradigmas más enraizados y sensibles de nuestra sociedad, tales como los screening mamográficos masivos y su más que dudosa rentabilidad de eficiencia,  o como el tratamiento farmacológico de millones de hipercolesterolémicos (que no lo son), y sobre todo denunciando  la iatrogenia ligada al sobrediagnóstico y al sobretratamiento. La psicosis que genera la idea de contraer una hipotética patología, es decir,  el miedo insuperable a enfermar que angustia a nuestra sociedad, ha propiciado la conversión mística de cientos de millones de fieles occidentales a una nueva religión que promete la vida eterna en este mundo, donde la muerte no existe y el envejecimiento celular y la degeneración de los tejidos son inmundas mentiras que susurra un taimado Satanás al que jamás hay que escuchar. Así, acudiendo a esta nueva Iglesia de los chequeos, de las técnicas de diagnóstico por imagen, y de las terapias regeneradoras de todo tipo, se alcanza la fe en la inmortalidad, sin olvidar nunca que deben hacerse aportaciones económicas para el sagrado sostenimiento, público y/o privado, de los ministros espirituales de la misma. Todo un pufo impúdicamente organizado. ¡Ay, Señor, llévame pronto!

En mis cuarenta años como cirujano nunca he prometido ningún milagro a mis pacientes. les he hablado claro, en contra de la opinión de muchos de mis  compañeros, y siempre he actuado lex artis,  es decir, de acuerdo con los medios y los protocolos vigentes  y disponibles en cada momento. Nunca he inventado nada, a Dios gracias, para curarlos. También he rechazado las propuestas de enriquecimiento personal ofertadas por algunas firmas farmacéuticas (un conocido laboratorio que fabrica heparina de bajo peso molecular me ofreció "entrar en nómina"). Conozco los efectos letales de una mala indicación quirúrgica. He visto quitar, en una clínica privada, un mioma uterino, rebanarlo sin más, a una gestante de seis meses. He visto morir a un paciente con un cólico nefrítico al que le administraron un analgésico de uso exclusivo via intramuscular por vía intravenosa, porque "era muy efectivo aunque no estuviese autorizado" según un prestigioso fulano de la Urología, Y estaría horas y horas consignando tropelías ad libitum  suficientes como para de llenar no un libro sino una enciclopedia, pero no lo haré, me despedazarían judicial o...físicamente. O de ambas formas secuencialmente

Les recomiendo el libro. Van a descubrir lo que hay bajo las alfombras de la Medicina secuestrada. Por suerte siempre, y solo por ahora, nos quedará París. Vayan, si pueden, a París y disfruten, en lugar de descender al cráter de las consultas.  No se equivoquen, la enfermedad debe ser tratada con los mejores métodos aprobados y sancionados por la Ciencia, pero la salud, su salud, debe alejarse lo más que pueda de los médicos.


miércoles, 18 de diciembre de 2019

FELIZ NAVIDAD
















En Barcelona, hace pocos días, rescaté un estampa entrañable de mi niñez. Empezaba a caer la tarde bajo un cielo nublado que dominaba las alturas y envolvía las calles con su aliento húmedo y neblinoso, Parecía como si el tiempo  hubiese aminorado su marcha y dado la vuelta para torcer, en la primera esquina, hacía un pasado extraviado en los recuerdos, En esas, me dirigí hacía las Ramblas caminando sin prisas entre la gente que no abarrotaba las aceras ni vociferaba en mil lenguas extranjeras, sino que, mansamente y casi sin hacer ruido, iba y venía como si de figurantes de una película se tratase. Los comercios, tenuemente iluminados (y que yo veía en blanco y negro),  exhibían los motivos navideños, aquellas impertérritas lucecitas destellantes que latían como corazones de 125 voltios,. Deambulando con lentitud  me abandoné a una ensoñación itinerante, y al pasar frente a la Sala Parés descubrí  que tras los cristales colgaba un cuadro del que fue uno de los grandes impresionistas y al que tan solo le faltó un pequeño detalle para brillar en lo más alto: tener la nacionalidad francesa. Era de Joaquín Mir. Extasiado por su perspectiva del color me detuve unos instantes y proseguí la marcha. Al llegar al Plá del Liceu alcé la vista y observé los grandes ventanales  del Club que filtraban  la luz  dorada de sus imponentes lámparas tras las cortinas. Un halo de esplendor irradiaba desde su interior, de magnificencia, por más que una pátina de elitismo vistiera de frac aquellos grandes salones (renacidos de sus cenizas). Me daba igual que todo ese poderío ahora fuera cuestionado, porque la belleza de un lugar no tiene más color que el de su arte. Tomé esta foto y, a fuego lento, calenté mi nostalgia. La ciudad, mi ciudad, me había felicitado las pascuas. Luego descendí a los infiernos, o sea al Metro. se me tragó la tierra, y este cuento, de Navidad, se acabó.

Os deseo muy Felices Fiestas y un próspero Año 2020, a los que estáis entre nosotros y a los que vi pasar  esa tarde por allí, de nuevo, aquellos que me llevaban de la mano hace sesenta años.