lunes, 28 de mayo de 2012

 SOMOS LA CRISIS




Un país que trata de sobrevivir en la endogamia del empleo público no es viable ni a medio plazo. Eso es España, por cierto que de ningún modo es un gran país. Puede que lo fuera, tengo mis dudas, pero hace ya algunos siglos en todo caso, y lo que ha dado de si su existencia en los últimos cien años es como para no creerse el grandilocuente slogan que circula en boca de los gubernamentales. Desde que tengo uso de razón lo veo obsoleto, incluso en aquellas regiones aparentemente más modernas, en una de las cuales me crié. La pàtina chulesca de muchos ha estado siempre en guerra contra la versión más antropológica de otros muchos, pero fobias aparte aquí solo se ha currado en serio durante unas décadas, eso si con más miedo que vergüenza y con mas necesidad que compromiso. Los que habitamos, y habitaron, no somos humanamente peores que cualquier respetable ciudadano europeo, ni menos inteligentes, ni más desgraciados,  nada de eso, somos simplemente más... cutres.

No creemos en casi nada, ni en lo humano ni en lo divino. Solo nos asociamos, verdaderamente , para jugar al guiñote. Nos acostamos muy tarde, sin aprovechar el tiempo, y nos levantamos demasiado tarde...somos tan chulos que el día nos debe esperar a nosotros y no viceversa. Así empiezan las pérdidas de oportunidad. Así se demoran las cosas, y asi se tienen que aplazar muchas de ellas. Los aplazados, !ay¡,  grave síntoma de ineficiencia social, germen de todos los males, dinerarios, evolutivos, sociales, educativos, labiorales, y un larguísimo etc.

Hemos perdido el tren del progreso, salvo en las felonías y en las golferías en las que somos expertos. Nada de investigación, Universidad napoleónica, nula cultura del bien común. Rasca dialéctica con atavismos lingüísticos, y poco más. Ningún propósito de la enmienda. ¿Alguien ha reconocido que es culpable de esta debacle?. Nadie.  Nos pasamos la vida en un avatar continuo, y maldecimos nuestras desgracias culpando a los demás, nunca reconociendo el error. Y sin reconocimiento del error no hay verdadero conocimiento (parafraseando a Karl Popper).

Esta crisis, nuestra crisis, es básicamente social, es en origen social. La bancarrota supone una consecuencia, no una causa.  Cuando salimos de los años de dictadura se nos abrió una oportunidad. Lo era. Pero se hizo mal, de nuevo se hizo mal. Los valores de una Democracia no son tan espúreos ni tan endebles, ni tan irresponsables, ni tan absurdos, como los que España ha adoptado para constituir su Estado de Derecho. La Democracia significa mayor conciencia, mayor rigor, mayor control, mayor transparencia, mayor estructuracion, mayor planificación, todo ello puesto al servicio de la libertad y la justicia. Díganme como puede funcionar una Decmocracia  llena de corruptos, de gandules, de fascinerosos peleando por cuotas de poder, de  personajillos indocumentados en altos cargos, y otro larguísimo etc. La verdadera Democracia es muy exigente con el esfuerzo y el compromiso ciudadano, casi implacable, y sus frutos , íntegramente, revertidos en la seguridad y el bienestar de la sociedad. España se ha olvidado de ello.

La gran pérdida no han sido los valores sino la toma de conciencia global en lo trascendente. Los valores son la letra gótica policromada al inicio del códice, y nos lamentamos de que se pierda esa filigrana  llamativa  cuando lo grave ha sido que el texto completo para llegar a alguna parte es el  que se nos ha borrado. A todos.

martes, 1 de mayo de 2012

TRABAJO




Hoy no debería ser Fiesta, el trabajo agoniza. Algo grave ha ocurrido en las últimas décadas para que se destruyan tantos empleos y se me ocurre que ese algo es muy peligroso: hemos perdido competencia. Cosa distinta, y tan distinta, a la competitividad. El país ha sido minado por incompetentes, como si de una extraña pandemia se tratase. Y a fe que no solo lo parece sino que lo es. Me resisto a dar fórmulas para curar este mal, por que en si mismo no tiene cura, y tampoco soy experto en temas económicos, y aunque lo fuese..¿qué?, ¿conocen a algún afamado economista o financiero que sepa reconducir este caos?. No. Nadie tiene la clave para salir de este atolladero.

Algo parecido al fenómeno de la Translocación bacteriana puede haber ocurrido en España. Me explico. Cuando la flora microbiana que vive en el intestino consigue salir de su natural ubicación, sin que medie una perforación, estos gérmenes alcanzan, atravesando una pared intestinal enferma, los vasos sanguíneos, los ganglios y conductos linfáticos o la misma cavidad abdominal produciendo infecciones muy graves e incluso mortales. Llegan a donde nunca deberían llegar. Se trata de situaciones que se dan en un organismo debilitado y enfermo el cual no tiene la capacidad, o se encuentra mermada, de mantener incólumes las barreras naturales y anatómicas. Un serio problema que acarrea situaciones muy complicadas. Pues bien, algo o mucho de Translocación social ha ocurrido en nuestro país. Politicos, funcionarios, responsables financieros, pseudoprofesionales de la nada, trabajadores no cualificados, etc etc etc, han cambiado su natural ubicación, la que les correspondía en su status social, económico, y mental.. Ese resquebrajamiento de las barreras, o lo que es lo mismo: el sentido e interpretación fraudulentos de la Democracia, ha permitido que incompetentes, a cualquier nivel, modifiquen su modus vivendi en beneficio propio o del grupo saprófito que los promociona alcanzando puestos para los que nunca han estado preparados. No será el único factor, ciertamente, pero nadie ha puesto coto a ese trasiego tóxico de personas inapropiadas para la misión o el trabajo al que han sido elevados. A estas alturas, frente a una expectativa tan difícil, solo queda la heroica de revertir progresivamente esta nefanda situación para que las cosas, todas las cosas, queden en manos de gentes capaces y los impostores retornen al lugar que les corresponde, a su labor de transformar lo básico sin otros aditamentos y alli ganarse dignamente la vida. Desmontar la Fraudocracia.

Señores sindicalistas no se si gastan buena o mala leche, pero una cosa si es cierta....son ustedes cortos de entendederas. Señores del gobierno, además de esquilar al rebaño, separen las churras de las merinas, y quítenles las garrapatas.  De otra forma nos perderemos todos en los pastos agostados de la Insula Barataria.

domingo, 15 de abril de 2012

Paseo Nocturno



Y al concluir la cena conmemorativa de antiguos alumnos, ya en la puerta del restaurante, decidí dar un paseo en dirección al mar. A estas alturas de la vida no seguía la velada con las copas de antaño, cuando aturdidos por la compulsión de bebernos la noche nos explayábamos entre trago y trago ejerciendo, probablemente, la potestad de la juventud. Ahora la pátina de las canas y de las arrugas, por más que disimuladas, serenaba toda excitación. Así que, solo, empecé a andar calle abajo en la cálida noche de junio. Luces y sombras al paso de aquel periplo extemporáneo e intuitivo. Barrio de Poble Nou.

Llegué a la altura del viejo cementerio, un camposanto engastado en la vecindad secular de casas, fábricas y talleres, y hasta de ropa tendida en los balcones de los aledaños. Allí reposaban mis antepasados, en uno de aquellos bloques de nichos tan ordenados por la divina gracia de lo funerario. Nostalgias. Me vino a la mente aquel día soleado de enero en el que de forma natural y solemne despedimos el duelo a las puertas del recinto, con un sol mediterráneo que borraba lágrimas y hacía brillar festivamente las palmeras. Muy cerca de la playa. Tan cerca del remoto origen de las especies. Sin embargo, esa noche, el lugar parecía dormido. Durmiente. Por vez primera estaba próximo a todos ellos sin protocolo, a escasos metros. Les mandé un abrazo y seguí por la acera hacia el mar.

Crucé el viaducto sobre la Ronda Litoral. Hacía calor y apenas soplaba la brisa húmeda de la ribera. No estábamos en verano todavía pero la densidad de la noche se notaba por doquier, volaban los insectos alrededor de las farolas y se oían algunas risas a lo lejos, entrecortadas por el zumbido de la circulación. Una pareja se achuchaba en el pretil del viaducto. Me acerqué en el trayecto sin prestarles demasiada atención. Uno debe permanecer ajeno a las pasiones ajenas, pero al rebasarlos comprobé que estaban fornicando en una extraña y disimulada postura. Apenas susurraban. Posaban fuertemente enlazados, como dos autómatas. Solo recuerdo el recogido moño de ella y las zapatillas deportivas de él. Todo lo demás lo obvié, por prudencia, o tal vez por respeto. Doscientos metros atrás descansaban los muertos. Debajo circulaban veloces los automóviles. Encima el firmamento lucía cuajado de estrellas. Me costó asimilar ese collage de emociones pero proseguí mi paseo hasta la playa sin hundirme en profundas reflexiones.

Caminé mientras contemplaba la concurrencia animada de los chiringuitos. La música, nada estridente, sonaba acompasando las voces y risas de una clientela que, muy relajada, libaba caipiriñas autóctonas y gin-tonics de garrafa, probablemente. Pero un cierto glamour, de medio pelo, flotaba en el aire perfumado de hibiscos y trazas de mar urbanizado. Más allá los top manta, como arcaicos buhoneros, exhibían sus mercancías de plástico, ojo avizor a la guardia urbana y pies engrasados para correr a lo plusmarquista si llegaban los maderos. Yo había recuperado las buenas vibraciones que volvían a fluir por el vórtice de la madrugada, hasta que unas luces destellantes de color naranja y otras azul platino me sobresaltaron. Había ocurrido algo al final de la avenida y esos fulgores bicolores lo anunciaban. Inequívocamente. Con la inercia de esa curiosidad insana que casi todos padecemos me aproximé aligerando el paso.

En el bordillo estaba sentado un superviviente de la heroína, en apariencia de unos cincuenta y muchos años, rodeado por una patrulla de los Mossos. No estaba herido sino detenido por haber atacado violentamente a la ambulancia. Le había roto los cristales con algún objeto contundente cuando venían a por él, acaso por una de esas llamadas anónimas y piadosas de los transeúntes que lo vieron enfermo. En efecto, su aspecto era deletéreo, demacrado y sucio, puro ejemplar del ejército de la miseria irreversible. Los agentes levantaban el atestado, los sanitarios, chalecos calabaza sobre sus uniformes, custodiaban su vehículo con la luna delantera destrozada como si de un choque con parte de declaración amistosa se tratara. Volví a sumirme en una especie pensamiento desangelado y busqué antecedentes en mi memoria, pero nada. No recordaba nada similar en mi vida.

Seguí por la dársena del Puerto Olímpico, pasando página del incidente. Hordas de jóvenes, y no tan jóvenes, transitaban alrededor de las discotecas y locales del puerto como en un gigantesco hormiguero que olía a marihuana y a perfume barato. Les observé con cierto detenimiento y vi la misma cara en todos ellos, la cara de la evasión. No era la de la diversión. Eran prófugos de un insondable aburrimiento cotidiano huyendo hacia unas cuevas sin salida que estaban a rebosar. Meciéndose en las aguas, los yates y embarcaciones de recreo parecían languidecer frente a ese trasiego tan poco marinero. Allí no había lobos de mar, tan solo tiburones de la noche y camellos en las esquinas. En ese momento debería haber concluido mi surrealista paseo pero ese insomnio veterano que a todas partes va conmigo aún me iba a deparar una coda estrambótica. Crucé entre las manadas de crestas con brillantina y tacones de aguja y entré el Gran Casino. Lo de Gran no correspondía a su grandeza.

Lo único estricto en los casinos de hoy en día es que no se puede fumar (salvo en una reducida zona donde se juegan las grandes sumas). Las apuestas y las indumentarias son al libre albedrío, eso sí, con fichas cambiadas por dinero de curso legal tras un chequeo electrónico que te deja con cara de bobo hasta el visto bueno. Me identifiqué a la entrada, pasando por un mostrador muy similar al de los aeropuertos con su recepcionista, que se lee tu documento de identidad y hasta se permite comentar las excelencias del vino de la tierra en la que vives. Una vez en la sala comprobé esa extraña maniobra de cambios de crupieres. Nunca he sabido el porqué exactamente. Desembarcados de algún carguero chino o coreano una caterva de tripulantes vestidos de forma desaseada apostaba sin cesar. Uno de ellos llevaba una camiseta negra con la marca de los Rolling Stones (una gran lengua sensual que parecía salirle del esternón) y comprendí que la estética en esos locales había muerto para siempre. Adiós a las corbatas y a las chaquetas. Lo demás eran gentes de Rumania, de la Catalunya profunda, y turistas ingleses. Nadie resultaba representativo. Solo un calvo, gordo y sudoroso, andaba como un poseso colocando fichas en cuatro mesas a la vez, dando órdenes a los jefes de mesa en una jerga casi incomprensible. Me pareció un esperpento de la ludopatía que corría de una mesa a otra como un desaliñado fondista rezagado. Luego me adentré en la zona de altas apuestas y vi como en 15 segundos se perdían veinte mil euros como una pompa de jabón que explota y desaparece en el suelo. Con poco rato tuve bastante. Cambié mis exiguas ganancias y abandoné el Casino.

A la salida seguía el enjambre de noctámbulos, si cabe con mayor afluencia. Iba a parar un taxi cuando un travesti, muy en su línea profesional, se acercó a mí y me dijo: ¿Quieres vicio? No supe ni que responderle, pero algo mascullé. Detuve un taxi y puse fin a un paseo nocturno ni siquiera peculiar, sino desesperanzadamente normal.

domingo, 1 de abril de 2012

El Dr. Guasch



Yo lo había visto visitar, en verano, sentado en un velador de la fonda en plena calle. Los pacientes aguardaban en los aledaños, y algunos tomando algo en las mesas contiguas. Era su fórmula asistencial de aquel tiempo. Sobre el mármol circundado de latón cromado, una máquina Underwood con la que tecleaba sus notas y las recetas de la Seguridad Social. Era un genuino bohemio, pero de aquellos que en los años sesenta sabían mucho de su profesión. Aquella Medicina ya no existe, ya no se basa en sabiduría sino en pruebas y análisis exhaustivos que muchas veces no conducen a ningún diagnóstico y vacían las arcas de la Sanidad Pública.
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Nuestras vacaciones eran protocolarias en aquel pintoresco pueblo de la Garrotxa, como si de una extensión de nuestra casa se tratase. Verlo auscultar, desde la acera, era todo un espectáculo, era una lección más que de Propedéutica de lucidez creativa. Uno tras otro, los que aguardaban en fila y los que consumían un café o un vaso de vino tinto con sifón iban pasando a aquella consulta a la intemperie donde se les exploraba, diagnosticaba y recetaba. Eran los tiempos de las sulfamidas y la Acucilina D.A., de los cigarrillos balsámicos del Dr. Andreu, de las enfermedades comunes en el común destino de todos, Pero si algo me impactó de aquel personaje que ejercía como Médico Rural era su perfecto equilibrio entre sabiduría y extravagancia. Todas las noches pedía para cenar "una Pepsi-Cola amb una rodantxa de llimona, aixi de gran" (una Pepsi-Cola con una rodaja de limón, así de grande). Esa era su frugal colación nocturna.

Uno de aquellos días, mi hermano empezó a quejarse de la mano, y mis padres lo llevaron al Dr. Guasch. Lo examinó y exploró su mano detectando unos incipientes signos de fluctuación. Fue categórico hacia mis padres: "el niño tiene un absceso en el espacio de Parona, requiere tratamiento quirúrgico por un cirujano experto". Y nos remitió sin dilación al cirujano.

Muchos años después estudié Medicina. Fue entonces cuando corroboré sus conocimientos y preparación. Sabía, sabía mucho aquel excéntrico venido de las tramontanas ampurdanesas. Con los únicos recursos disponibles había hecho la mejor labor posible (a eso le llaman ahora Calidad los engolados de la Gestión Sanitaria, concepto no solo ya inventado entonces sino utilizado día a día en aquellos tiempos). Hoy las cosas son bien distintas. No hay Médicos Rurales que visiten en el velador de una fonda, que vistan traje oscuro entallado y camisa blanca, ni que sepan donde se encuentra el espacio de Parona ni las indicaciones de su drenaje en caso de absceso). Para muchos el Dr. Guasch fue un loco, para otros muchos un sabio, y para mí un profesional de una casta extinguida llena de conocimientos y amor a su oficio, eso sí...con el toque mágico de su personalidad.

No albergo fundadas esperanzas en ver conjugada, algún día, esa Medicina romántica con la biotecnología digital, pero que quieren que les diga... soy un soñador.

viernes, 16 de marzo de 2012

Entropía in itinere



Está en el camino a mi trabajo, dos veces al día paso por allí. Sinceramente, no me sobrecoge. Desde que una mañana, hará un par de años, apareció la frase inscrita sobre la pared he hecho varias lecturas de su contenido lapidario. Al principio la percibí como irreverente, sin más. Más adelante como iconoclasta, subversiva, radical, alternativa, e incluso belicosa. El semblante de los autores me resulta estereotipado, sin detalles, pero bastante sencillo de imaginar. Jóvenes antisistema por efecto de su propia edad, de su circunstancia, de su desinserción social, pero nada revolucionarios, nada de nada. Los revolucionarios son otra cosa, son sobre todo eficientes en su ideal. Estos garabateadores de spray solo son entropía social. Entropía.

Los procesos termodinámicos lo rigen casi todo, o todo. Transferencia de energía para producir trabajo, como la máquina de vapor, como la mecánica cuántica, como los procesos metabólicos celulares, ya digo, como todo. La entropía es esa parte de la energía que por desorganización molecular se pierde en el proceso, en forma de calor. Cuanto mayor es la entropía de un sistema menos eficiente resulta. Por ejemplo, en los seres vivos, el momento de máxima entropía es el instante de la muerte. Así de explícito. Recordando la Segunda Ley de la Termodinámica, todo sistema de transferencia de energía se realiza siempre desde la materia más caliente hacia la mas fría, y nunca al revés, como afirma el enunciado de Clausius. Y en ese proceso se pierde energía, que se disipa . Es el resumen físico de la cuestión, y mi última reflexión sobre la frase lapidaria. A consecuencia del estado social que vivimos, esos exabruptos son el resultado de la ineficiencia del sistema global. Algo no funciona, algo pierde energía, algo es incapaz de aprovechar bien el potencial humano y su proceso dinámico. Y en ese proceso aparece la entropía que para nada sirve, y que delata la falta de ajuste del sistema que produce trabajo (evolución colectiva y sostenible en términos absolutos)

La ocurrencia agitada de esos jovenzanos, escribiendo soflamas vitriólicas en la pared, no es una acción revolucionaria, ni lo son las algaradas callejeras reactualizadas. nada de ello contiene en si mismo ninguna idea ni opción alternativa, solo son entropía. Tan solo indican que se está perdiendo el camino correcto hacia el destino eficiente de la Humanidad.

Tendremos que replantearnos bastantes cuestiones en la gran caldera del progreso mundial, o la máquina se llegará a parar.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Reflexiones de un expulsado del Paraíso


Lo milagroso es que a los muchos años tengamos aún la fuerza para mantener la compostura y cumplir aceptablemente con lo que nos exige la vida. Ahora se nos queda atrás la mañana radiante de la juventud con sus perfumes de proyectos y oportunidades y el fulgor del mediodía de la madurez en la modesta cumbre del bienestar. Ahora , no sabemos a ciencia cierta que esperamos ni a quien esperamos. El tiempo opera una metamorfosis tan precisa como inexorable, mientras lo vivido se acumula en un compartimento cerrado a cal y canto del que es imposible extraer, ni sustraer, nada.

Me duele perder la esperanza en que todo sea mejor, tal vez nunca las cosas hayan sido algo mejorable, pero antaño se me antojaba que poco a poco y con el paso del tiempo se podía lograr una especie de excelencia. Han sido muchos lustros de obstinación en ese objetivo de ética vital, profesional, personal, pero los resultados han sido escasos. Sigo en una perspectiva de frustración que se alimenta de las dificultades para navegar en las turbulentas aguas de los entornos. Es posible que la razón fundamental sea la propia limitación de mis capacidades. ¿Para qué culpar a vagos y maleantes, o a incompetentes y zafios, si tal vez todas esas lacras también las contenga yo mismo aún sin querer darme cuenta?. Cierto es que la gente está difícil, que la sociedad se comporta con adocenamiento, que no hay destellos de creatividad. Cierto. Pero...¿no será que todos estamos cayendo en picado hacia una dimensión cautiva de felicidad?

A menudo envidio a los seres más simples, como mi perra. Viendo los documentales de Naturaleza he sentido admiración por esos monos saltarines del Africa Central, por las ballenas surcando los mares, por las águilas volando sobre las cumbres. Me ha conmovido la libertad de esos animales que conocen a la perfección sus ritos y sus instintos, todo en estado puro, hasta verlos sestear plácidamente, hasta ver como son devorados en aras de la supervivencia de las especies (morir en las fauces de un hermoso león no es deseable pero es mucho más trascendente y elegante que morir en un accidente de tráfico o en una guerra).

Aceptando que lo más sublime es hacer lo mejor sin esperar premio alguno a cambio me adentro en ese camino sin destino de la existencia. No tengo costumbre de apoyarme en los misticismos ni de creer con ánimos salvíficos, y aunque no soy ni me tengo por nada extraordinario he deducido que no es preciso llevar, en la vida, ninguna hoja de ruta especial. Tan solo caminar sin esperar nada, andar tan solo con la inercia de la humildad. Algún día llegará en que será "domingo" y no habrá que levantarse.

jueves, 8 de marzo de 2012

Violencia estructural y Derecho reproductor



Entre unos y otros van a pervertir la semiótica del lenguaje, y de paso las pocas neuronas sanas que nos quedan. Ayer, en el Congreso, la una definiendo el aborto como derecho reproductor y el otro, antiabortista saliendo con lo de la violencia estructural. Vaya panorama, luces mortecinas en el foro nacional, entregados a un ejercicio evasivo sobre la cuestión. Ninguno, a mi juicio, da pie con bola. Los extremos se tocan, añadiendo confusión a la cuestión. Señora proabortista: el aborto no es un derecho reproductor, es en todo caso un derecho antireproductor. Señor ministro la violencia estructural no existe, existe una profunda falta de ética en la sociedad, que es distinto. Señora proabortista: quien siembra vientos recoge tempestades. Han jaleado, ustedes, el libertinaje sexual por activa y por pasiva, y eso pasa factura en forma de embarazos no deseados, en proporción al grado de promiscuidad alcanzado. No es coña. Señor antiabortista: supongo que perseguirá esa violencia estructural y se hará cargo de todos esos embriones no deseados y de sus madres, incluyendo en los presupuestos generales una partida de 20.000 milones de euros para sufragar los gastos de manutención, anualidades por alimentos, educación, sanidad, y vivienda digna. Si no le salen las cuentas puede convencer a Amancio Ortega y algún otro para que colaboren en el proyecto. Así sería viable. Señora proabortista; no diga más la falacia de que a ninguna mujer le gusta abortar, es una obviedad, diga mas sinceramente: a ninguna mujer le gusta quedar embarazada cuando solo trataba de divertirse un rato (lo cual si es un derecho ciudadano)

Lo decisivo en el debate del aborto es encontrar el punto de sensibilidad humana. A estas alturas de nuestra evolución deberíamos estar en condiciones de respetar la vida de todos los seres humanos, nacidos y no nacidos, y de adoptar todas las medidas posibles para conciliar el crecimiento demográfico. Lo que no tolera la propia Naturaleza es la huida hacia adelante, es el autoengaño conceptual. Prevengan, y haganlo con rigor. No instiguen sexo, eduquen, enseñen a evitar embarazos no deseados, pongan los medios para que de una relación "sin finalidad reproductora" no surja una tragedia. Y si todavía hay consecuencias, ya que inevitablemente se seguirán produciendo embarazos, asuman su responsabilidad política y social y garanticen la vida para el que viene en camino. Reserven el aborto para aquellos seres inviables o abocados a grandes sufrimientos tras el nacimiento, y cuya supervivencia no llegará a ser más que una crueldad contra ellos.

Señora diputada: abandone la lectura de "La filosofía del tocador". Señor Ministro: abandone la lectura de "Camino". Hay cosas mas recomendables, en la literatura, para ambos.
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